Siempre tenemos un amigo o un conocido que está todo el tiempo hablando de complots, de ideas paranoicas de dominación, de sociedades secretas que quieren desestabilizar a la humanidad e imponer un nuevo orden mundial, de razas alienígenas que nos invadirán pronto o que ya viven escondidos entre nosotros, etc. Todos esos delirios recaen en Arturo Alejandro, escritor chileno-español que se ha labrado un pequeño camino en la literatura local chilensis. El punto es que conocí a Arturo Alejandro (A.A. para los amigos) en un encuentro de escritores de ciencia-ficción. En esa ocasión me mostró su segunda novelita, Diario de las especies mutantes, donde escribía la historia de un niño que no sabía si era lavadora o refrigerador o secadora para el pelo. Me cuesta confesarlo, pero su novela era rarísima, no, no rara, ininteligible es la palabra. El escrito se estructuraba como un manual para fabricar mascotas robots, pero lentamente la escritura del manual se iba perturbando, en realidad, iba siendo invadida por las múltiples personalidades del niño genio, lo cual su lectura se tornaba imposible. Como yo no tenia obra publicada le entregué una fotocopia de mi novelita, Totec, un experimento narrativo fallido de laboratorio. Lamentablemente nunca me pudo dar su opinión en torno a mi escrito, pues a la semana siguiente desapareció en extrañas circunstancias. Lo abdujeron, seguramente.29 de diciembre de 2008
Arturo Alejandro (de la serie, El Congreso de Literatura Fantástica) 1
Siempre tenemos un amigo o un conocido que está todo el tiempo hablando de complots, de ideas paranoicas de dominación, de sociedades secretas que quieren desestabilizar a la humanidad e imponer un nuevo orden mundial, de razas alienígenas que nos invadirán pronto o que ya viven escondidos entre nosotros, etc. Todos esos delirios recaen en Arturo Alejandro, escritor chileno-español que se ha labrado un pequeño camino en la literatura local chilensis. El punto es que conocí a Arturo Alejandro (A.A. para los amigos) en un encuentro de escritores de ciencia-ficción. En esa ocasión me mostró su segunda novelita, Diario de las especies mutantes, donde escribía la historia de un niño que no sabía si era lavadora o refrigerador o secadora para el pelo. Me cuesta confesarlo, pero su novela era rarísima, no, no rara, ininteligible es la palabra. El escrito se estructuraba como un manual para fabricar mascotas robots, pero lentamente la escritura del manual se iba perturbando, en realidad, iba siendo invadida por las múltiples personalidades del niño genio, lo cual su lectura se tornaba imposible. Como yo no tenia obra publicada le entregué una fotocopia de mi novelita, Totec, un experimento narrativo fallido de laboratorio. Lamentablemente nunca me pudo dar su opinión en torno a mi escrito, pues a la semana siguiente desapareció en extrañas circunstancias. Lo abdujeron, seguramente.16 de diciembre de 2008
A David Cronenberg

Las astillas se incrustaban sin miramientos en un opaco y viscoso ojo de la realidad. Ese mismo ojo que te persigue aún tras el basurero o el escondite perfecto de tu inocencia. De más está decir que explotaban simultáneamente, creando una realidad sincrónica y simultánea, generando un mandala cósmico que interpretaba al universo. La carne atravesada por los cables, el oscuro corporativismo que deshace tu vida y la transforma en materia pura para una pantalla de video. Video, de ver, de máquinas, de generación virtual que están para quedarse. Se decía por los ochenta que los rusos enviaban ondas por medio de satélites para generar sueños homicídas. David, como profeta del LSD mezclado con amoníaco, o alguna sustancia tan indolora como mitificante que te puede hacer desmitificar la realidad. En realidad tras los pantallazos de David no hay morfina, porque la sustancia tranquilizadora se esconde vagamente en algún rincón, acechando, como un gato negro parpadeante, hecho a base de circuitos interconectados directamente con tu cerebro. Esto nos lleva a pensar que tras cada secuencia se esconde algo más real que los falsos efectos especiales de utilería barata. La sangre cobra existencia divina. O visto de otra manera, la sangre fluye lentamente por tus venas hasta volverse catódica e instranferible... ¿ Y cuál es la metáfora que puede haber finalmente en un reality clandestino si no es que nuestras vidas son materia prima para ser mostrado en ellos? Nuestra existencia como carne colgando en ganchos chorreantes de carnicería. Y los últimos pliegues rebosando un pequeño hálito de verdad, de manera catatónica, como una mágnum apuntándonos a la cabeza.
14 de diciembre de 2008
Ciudad enterrada en los márgenes. Óleo sobre lienzo, 165 x 120,5 cms

Colores cálidos y una predominancia de tonalidades ocres y magentas, configuran esta escalofriante pintura. Se observa en el centro una ciudad futurista semi-enterrada, con dos cúpulas que se alzan al cielo. Algunos han querido ver a dos mezquitas alineadas, otros han afirmado que se trata de zonas de despegue para naves voladoras. […] La ciudad está en un lugar desértico y polvoriento, cubierta por una atmósfera crepuscular y con rayos pálidos que la bañan. La única vida que se aprecia en el cuadro viene desde arriba: una bandada de cuervos polvorientos conforman una nube negra y amenazadora. Los cuervos se reparten desordenadamente formando una V enorme. Un cielo rojizo y llameante domina las alturas, con nubes nimbadas que se esparcen en el cenit.
Dato curioso: Este cuadro fue utilizado como afiche para una película de bajo presupuesto, La ciudadela del infierno[1], dirigida por Roderick Fartson, la cual trata sobre una civilización desaparecida en un planeta distante. El argumento de la cinta puede resumirse sucintamente: Los astronautas llegan a un planeta que desconocen, pues se pierden de la ruta espacial original que llevaban. Al llegar al lugar, comienzan a ver muchas semejanzas con ruinas precolombinas. No hay habitantes ni huesos ni cadáveres. Sólo ciudades y zigurats abandonados. Hasta que vislumbran una forma de vida animal, no avanzada, pero sí amenazante. Son los cuervos de la pintura, aunque en la película son unas aves pequeñas y platinadas que tienen dos cabezas y sólo un ala, y que no hacen más que volar en círculos y atacar en picada. Los astronautas repelen los ataques con sus pistolas láser, llegando finalmente a una ciudad similar a la del cuadro. Ahí comienzan a repeler el ataque de las criaturas, que parecen infinitas, pues comienzan a multiplicarse y a venir unas tras otras. La película finaliza con un único sobreviviente, que termina orando en lo que parece un templo con un dios tallado en ónix, un dios cabeza de pájaro y de una estatura enorme. El astronauta reza, y la última escena termina con un zoom out, que muestra el templo, luego la plaza, luego la ciudad enterrada, y finalmente el cielo negro, iluminado por dos soles hambrientos y llameantes.
[1] El guión estuvo a cargo de Dave Keymann, un historietista que cultivó mucho el cómic de terror y ciencia-ficción.
Dato curioso: Este cuadro fue utilizado como afiche para una película de bajo presupuesto, La ciudadela del infierno[1], dirigida por Roderick Fartson, la cual trata sobre una civilización desaparecida en un planeta distante. El argumento de la cinta puede resumirse sucintamente: Los astronautas llegan a un planeta que desconocen, pues se pierden de la ruta espacial original que llevaban. Al llegar al lugar, comienzan a ver muchas semejanzas con ruinas precolombinas. No hay habitantes ni huesos ni cadáveres. Sólo ciudades y zigurats abandonados. Hasta que vislumbran una forma de vida animal, no avanzada, pero sí amenazante. Son los cuervos de la pintura, aunque en la película son unas aves pequeñas y platinadas que tienen dos cabezas y sólo un ala, y que no hacen más que volar en círculos y atacar en picada. Los astronautas repelen los ataques con sus pistolas láser, llegando finalmente a una ciudad similar a la del cuadro. Ahí comienzan a repeler el ataque de las criaturas, que parecen infinitas, pues comienzan a multiplicarse y a venir unas tras otras. La película finaliza con un único sobreviviente, que termina orando en lo que parece un templo con un dios tallado en ónix, un dios cabeza de pájaro y de una estatura enorme. El astronauta reza, y la última escena termina con un zoom out, que muestra el templo, luego la plaza, luego la ciudad enterrada, y finalmente el cielo negro, iluminado por dos soles hambrientos y llameantes.
[1] El guión estuvo a cargo de Dave Keymann, un historietista que cultivó mucho el cómic de terror y ciencia-ficción.
(Otro fragmento más de Totec, acto que bien podría estar dedicado a la memoria de Cabro Gamarra, el renovador en estado puro de la novela por entregas.)
7 de diciembre de 2008
Totec

Soñé que la cara del pintor se multiplicaba en una playa de luces mortecinas. Caminaba yo con los pies descalzos y lo contemplaba desde lejos, con su atril, con los pellejos de carne humana como telas, y con gestos y movimientos espectrales, el pintor me pintaba. Soñé que me hacía un retrato espantoso, con los ojos salidos de las cuencas y la boca contrahecha, deforme. Luego la cabeza del pintor se transformaba en un cuervo y se reía a la distancia. Soñé con una secta milenaria, que se reunía en espesos bosques para adorar a sus dioses, orando en una lengua que jamás había escuchado, pero que extrañamente entendía; decían que podían controlar el espacio y el tiempo a voluntad, utilizando sus pieles como alfombras en las cuales se tendían y realizaban orgías que no terminaban hasta antes del amanecer. Un viejo con una barba espesa, apoyado en un largo y grueso bastón de madera, afirmaba que podía viajar hacia el pasado sólo con el pensamiento, y luego se transformaba en una serpiente dorada y salía volando hacia el cielo a la velocidad de la luz.
(fragmento de Totec, inédita hasta quién sabe cuándo)
2 de diciembre de 2008
(Escoger un solo recuerdo)

La pregunta que transversalmente recorren las religiones, y por supuesto, la filosofía occidental, es la más simple de formular, pero la más compleja de resolver: ¿qué pasará con nosotros una vez que hallamos muerto? Como un péndulo, las respuestas se barajan entre dejar de existir o seguir existiendo, pero bajo una nueva forma y sentido. Hace poco vi la película Wandafuru Raifu (After Life) la cual trata de responder esta interrrogante, creando un nexo entre la vida y la muerte, en un lugar (como el purgatorio) en el cual una vez muertos llegamos durante una breve estadía. Es en esta especie de mundo paralelo donde un selecto grupo de productores trabajará para nosotros, con el fin de filmar un solo recuerdo de nuestras vidas. Ellos se encargarán durante cuatro días, de elaborar, registrar, producir, seleccionar actores y locaciones, etc, para realizar el corto, que será lo último que veremos en nuestra última existencia. Pero la premisa del trabajo realizado es la siguiente: "una vez que filmemos y exhibamos su recuerdo, todos lo demás se borrará para siempre de su mente y usted parmenecerá sólo con ese recuerdo para el resto de la eternidad."
Y usted hipotetico y fantasmal lector (si existiese), si tuviera que escoger un solo recuerdo... ¿cuál elegiría?
29 de noviembre de 2008
Estructura manoseada

Soñé que Maori Pérez desaparecía. Soñé que lo veía entrar por última vez al metro y luego nunca salía. Soñé con una posible explicación de su desaparición: una perturbación en la realidad ocurría en las líneas del metro, justo en el momento en que los servicios caducaban. Soñé en ese mismo sueño, que las personas eran eliminadas y reemplazadas por clones con una falsa memoria. Soñé que esto planteaba un problema: los reales eran borrados pero se mantenían intactas sus memorias, para luego ser puestas en cuerpos clónicos. Entonces, ¿para qué eran borrados si seguían existiendo en otro cuerpo idéntico? Soñé que no tenía ningún sentido lo que mis sueños planteaban, pero no se le podía pedir consistencia lógica a un sueño, razonaba en el sueño. Soñé con una chica que escribía sobre escritores, que aparecía de la nada (como sucede con los personajes de Angelopoulos) y que se enamoraba de Maori Pérez, todo con una orquestación muy de cine negro. Soñé que ella era la femme fatale de la película. Soñé que Maori Pérez colapsaba y comenzaba a cavar un túnel en el patio de su casa. Soñé que ese túnel se conectaba con las líneas del metro, donde residía una enorme computadora negra, cubierta de raíces y musgo, pero funcionando a la perfección. Soñé que esa era la máquina que borraba a las personas y almacenaba en su disco duro las memorias. Soñé que Maori Pérez quería apoderarse de ese disco duro, pues decía que el computador llevaba dos mil años almacenando memorias, afirmando que era una suerte de aleph en miniatura. Soñé que en realidad lo que quería Maori Pérez, era apoderarse de una sola memoria: la memoria de la escritora que escribía sobre escritores, y que lo había abandonado.
26 de noviembre de 2008
MONOGATARI

Louis llevaba un año enfrascado en la corrección de una novela. A cada capítulo se le desbordaban los personajes, y las situaciones que ahí se detallaban se iban haciendo más y más inverosímiles. Era "realismo" lo que le faltaba. Busco y rebuscó entre sus libros, pero no encontró ninguna idea necesaria para superar su escollo. Recordó en ese preciso instante que hace un año tenía su chaqueta en la tintorería, así que se despegó de un solo golpe de su escritorio y calándose el sombrero salió a la calle. No reparó que su pantalón estaba tan gastado por la excesiva cantidad de tiempo que llevaba sentado, que al levantarse de la silla se le rasgaron los dos bolsillos de la zona posterior, quedando con las peludas nalgas al aire. Así, despreocupadamente, iba Louis caminando por una larga y concurrida avenida. Cuando la gente se volteaba para mirarlo, con una sonrisa no excenta de malicia, éste no atinaba a dar con la razón de por qué tanto júbilo y conmoción daba su persona. Como llevaba un año sentado, prácticamente levantándose sólo para dormir, su trasero se había adormecido. No llevaba más de cuatro cuadras caminando, cuando un niñito le preguntó que por qué iba con el culo al aire. Como el pobre hombre llevaba mucho tiempo conviviendo con sus personajes novelescos, y no había tratado en muchos meses con un ser humano real, le explicó que él era una especie de mendigo errante, que se dedicaba a viajar de pueblo en pueblo contando y recopilando historias. Pero el niñito no estaba satisfecho con la explicación, pues no le parecía lógica. Entonces el hombre le dijo que muchos no lo tomaban por un narradador, sino por una vieja chismosa, y por ende, había recibido una enorme cantidad de patadas en el culo durante su vida.
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