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24 de noviembre de 2010

Huellas (apuntes desclasificados de El Secuestro)


1. Todo lo que tiene que decir el Mayordomo, lo dice en las primeras cinco páginas.
2. En un aparte de la novela se abre una agujero hacia una dirección impensada: atención cuando se habla de un pintor y una secta de chiflados.
3. En realidad la novela está totalmente agujereada hacia múltiples direcciones.
4. Existe una extraña conexión entre Robles Martínez y Maurice Chobart. Esa relación se revelará pronto.
5. El Secuestro transcurre en una ciudad latinoamericana a comienzo de los años 60.
6. El policía Humberto Cáceres se dirige a Referencias Autorales a buscar los archivos de Robles Martínez, pero encuentra la carpeta vacía.
7. El contenido de esa carpeta está resguardado bajo siete llaves. Muy pronto se tendrá noticias de ésta.
8. El Secuestro no nace en la primera página y muere en la última. Es posible hallar material perdido en otras fuentes.
9. El hipotético hallazgo de estas fuentes es exclusiva responsabilidad e interés de parte del lector.
10. En la primera parte de la novela se menciona apenas el nombre de un policía, no teniendo mayor injerencia para el resto de la historia. 
11. Sin embargo, este personaje será clave en una novela posterior.
12. El Secuestro no es una pieza más en una larga continuidad de historias. Es apenas el punto cero, el arranque para otras historias que se desarrollarán en el futuro y en el pasado, de forma simultánea y secuencial.
13. El Secuestro no es parte de un universo cerrado, sino al contrario: pertenece a un mundo que se abre y se cierra a diversos intersticios, a multiversos que descansarán en distintos soportes.

(...sigue...)

5 de noviembre de 2010

Esbozo de Robles Martínez


Una portada de un libro de Robles Martínez.

Primero fue en antigua reunión de amigos. Hablábamos de gente extraña, de seres ocultos que habían elaborado una obra secreta, más secreta aún que la propia existencia de ellos. El tema redundaba en torno a personas frágiles que habían pasado totalmente desapercibidas en el desafiante ambiente cultural de aquellos años. Entiéndase desafiante como amenazante, signos de una época en la cual todo transcurría de manera más lenta, con riesgos duplicados ante la creciente paranoia. No existía la autopromoción, ni los bombos y platillos orquestados por algún agente de la cultura.

Lo segundo vino después, en el alba, pero antes de pasar al segundo, elaboremos con más detalle el primero. Imagínense una reunión de amigos; hombres bebiendo algo alrededor de una mesa y hablando sobre variados temas en algún lugar de la tierra. Uno habló de la secreta obra de Jim Mendonza, pintor autodidacta, fallecido en ambiguas circunstancias. Otro mencionó a un tal Maurice Chobart, investigado por la policía desde hace años. Nadie sabía aún su real paradero.Un tercero, que sucede cronológicamente al momento segundo, dijo que el caso de Robles Martínez era aún más llamativo que los anteriores mencionados: Cobran una millonada por sus libros, aunque no lo crean amigos, de verdad, quizás exagere un poco.

Lo interrogamos el resto de los presentes, unos con miradas, otros con palabras farfulladoras y quebradas: Aunque parezca sacado de una mala novela, o de un buen cuento, o de una mediocre película, pero la verdad amigos míos, es que Robles Martínez prácticamente no existe. Con esto quiero recalcar que en realidad están sus obras, aún se puede encontrar una que otra en algún viejo puesto de saldos. Pero si consideramos que no tiene partida de defunción, ni siquiera alguna lápida perdida en un enmohecido cementerio, entonces su existencia física es puesta en duda. Al menos que su ser físico exista en este universo. Ello puede dejar abierta la posibilidad de que sus libros hayan sido enviados desde un universo paralelo al nuestro.

El que hablaba de esa forma exagerada, un poco rocambolesca, como extraído desde algún guión no muy bien elaborado, agregó que en algún mercado clandestino se cotizaban los libros de Robles Martínez que nunca habían visto la luz. ¿Cómo es eso? Se refería a obras que no habían sido comercializadas de manera pública, disponibles para cualquier transeúnte con el dinero necesario para adquirirlas. Son auténticas obras de arte, remató.

Lo segundo viene después del alba. Entre lo primero y lo tercero.

Nuestro amigo, luego de aburrirnos con una larga digresión en torno a la obra, el arte y su autenticidad, pude percibir que en verdad ni siquiera hablaba de algo normal. Me explico mejor. Cierto escritor español, de cuyo nombre no quiero acordarme, ideó en la ficción un libro que era capaz de asesinarte tras ser leído. Esto en la ficción, en el mundo de las letras. Pero la gran apuesta de Robles Martínez, en la realidad, fue que generó una especie de terrorismo cultural con sus obras. Supuestamente, quien era expuesto a las líneas de sus libros por algún tiempo, podía enloquecer. Sabemos que hay libros buenos, para relajarse, (¿con efectos sanadores? quizás sería llegar muy lejos al arriesgar tal hipótesis) con una carga energética positiva entre sus líneas. Jung se expresó con más propiedad de este tema en su Über psychische energetik und das wesen der träume, pero el que llevó más lejos esta teoría fue el místico alemán Gimmel Hizarrk, famoso por su obra Das Buch der Gartenzaun, en la cual intenta demostrar que las obras de arte abren puertas mentales a ciertas ideas arquetípicas que descansan en nuestro inconciente. Hizarrk bosquejó la idea de que una determinada disposición simbólica podía provocar la locura en el receptor de la obra. Pero no me explayaré más referente a este tema, del cual existe abundante bibliografía.

Lo segundo, lo que venía después del alba, es la posterior recreación, o en palabras más exactas, la escenificación de las obras de este autor. Pude encontrar un par de obras en una polvorienta librería de Valparaíso. Novelas que no tenían nada de extraño si se las leía distraidamente. Entonces mi búsqueda se inició ahí, tomándome como desafío el hecho de glosarlas una a una, para ver qué pasaba. Ingenuamente creía que de esta forma podía acercarme de una u otra forma al preciado botín de Robles Martínez; aquellos libros que enrarecían la mente a quienes los leyeran. Sin embargo, tal cosa no ha sucecido, hasta la fecha en que redacto esto.

23 de septiembre de 2009

El síndrome de Gernsback (novela inédita)

Recorté el manuscrito de la novela y saqué diez fragmentos al azar. A continuación, el resultado del experimento:
No sé. No sabía mucho de ciencia-ficción, ¿qué podía responderles? Me pedían además alguna cuenta bancaria para depositarme el dinero del adelanto. / Se cuenta que el pintor llega a una zona portuaria y rápidamente comienza deambular por los cerros de la ciudad. / Siempre me he preguntado qué clase de habilidad requiere una persona para cruzar los inciertos callejones de la poesía./ Estaba paranoico, de eso no tenía ninguna duda. «Me persiguen, a ti también te perseguirán»./ Me era difícil rechazar la oferta, considerando que las novelas se vendían casi por inercia, e inclusive, según ellos, las más demandadas eran reeditadas y eso aumentaba la cantidad de dinero que recibía un autor./ Pero termino con esos pensamientos cuando me llega una carta para que me presente de nuevo en la capital./ Podía ser un profesor demente, un emperador galáctico que agonizaba en su planeta, un mutante resentido que había sido creado en un laboratorio, una computadora con conciencia de sí misma./ Vi por ejemplo una especie de hospital donde abandonaban fetos ensangrentados y amarillentos -como la yema de un huevo- en recipientes transparentes y vidriosos./ Los consejos iban y venían, pero su cara continuaba con un aspecto lamentable. Pese a su fealdad, nunca tuvo mayores problemas para conseguir mujeres, ya que siempre aparecía alguna, dispuesta a caer rendida en el antiguo juego de las sábanas./ Mi carrera de ciencia-ficción la daré por saldada. Quizás más adelante me den ganas de publicar esas novelitas con mi verdadero nombre.

8 de septiembre de 2009

Estética del secuestro

La historia debe partir con la intriga resuelta.
Un cadáver, el asesino, el lugar del crimen, todo explicitado desde el primer párrafo. Al correr las páginas de la novela, ciertos elementos deben colocarse de manera subrepticia a través de sus hojas. Como pétalos pisados u hojas otoñales resecas. Un niñito debe hacer una aparición más o menos mágica -pero creíble-, para explicar la trama completa de la novela, pero sólo con la minuciosa descripción de sus manos. Las sombras chinescas serían válidas en este caso. También el uso de marionetas o cualquier artilugio que reemplace palabras por gestos. Termina así el primer capítulo. En el cuarto capítulo, el niñito aparece en la portada de un periódico y el detective comienza a investigar su desaparición. En los tres capítulos anteriores no ocurre nada de importancia: el detective se junta con una amiga, saca a pasear a su perro, pelea con su novia, le regala una moneda a un mendigo. Geométricamente, si trazamos una línea, esta debería desprenderse levemente del plano central de la trama. El cuerpo del niño es encontrado en un callejón oscuro, agujereado, las balas deben estar aún silbando en el aire. Los capítulos se ramifican en párrafos que son a la vez capítulos independientes de la novela. Cada párrafo se subdivide en la cantidad de frases que se escriben sobre su rugosa superficie. De manera lógica, entendemos que cada frase es otro capítulo más de la novela, pero que calza de manera más o menos perfecta con la intriga ya resuelta desde el primer capítulo. Por ende, cada palabra es un personaje encabalgándose con otra palabra. Para que quede más claro: la novela está poblada de personajes que se relacionan intrínsecamente, unos con otros. Se muerden, se succionan, se miran, se acarician, se seducen, se cachetean, etc. Los signos de puntuación vendrían a ser las armas o las palabras que los personajes enarbolan entre sí, para lograr sus intenciones. En los casos en que aparezca, #, quiere decir acuerdo tácito para encontrar una prisión compartida, %, quiere decir división intermitente, amor sin realidad palpable o sin condiciones materiales, * entiéndase como ligazón mental, telepatía o cualquier manifestación extra-sensorial. La explicación de los otros signos ha desaparecido de este escrito. Dejando de lado los aspectos formales, el hecho es que la historia central ha sido secuestrada al comienzo de la novela. El narrador también ha sido secuestrado, pero en el capítulo quinto. Sólo quedan los personajes deambulando, a golpes y cabezazos, en una dimensión fantasmal, que atraviesa tangencialmente a la realidad, contaminándola con sus propias equivocaciones, con sus emborronamientos producidos por la falta de fe que se nos tiene, a los que echamos a correr la cuerda que da la cuenta regresiva a una bomba de tiempo. En el último párrafo, la detonación será inminente. Con los trozos chamuscados de la carne, se procederá a encuadernar la novela, empaquetarla y/o distribuirla en algún mercado clandestino previamente dispuesto. Una Figura espera al otro lado de la carretera el envío. Una camioneta roja entrega el paquete. Noche total, sin sombras, sin estrellas, sin carretera, nada. Sólo una camioneta roja con las luces encendidas. El despacho es entregado sin mayor contratiempo. Fin de la camioneta roja. En las manos blanquecinas de la Figura, descansan las susodichas alas. Las introduce en las páginas centrales del libro. La novela comienza a volar.
Nadie sabe quién es la Figura.

6 de julio de 2009

Su prominente vida se fue a la mierda

Al prosista lo conocí cuando tenía 17 años. Ambos teníamos nuestras esperanzas cifradas en la literatura, y esperábamos algún día vivir a tiempo completo de ella. Él era unos años más viejo, quizás tendría unos 25. Pasó el tiempo y la historia del prosista parece diseminarse y fracturarse en historias mínimas e infames. Historias tan burdas y groseras que no suscitarían ni el más mínimo interés por parte del lector. Conseguiría fatigarlo con detalles tan poco decorosos, como que le gustaba masturbarse mirando pornografía, pero sólo rusa, pues era la única que lo excitaba. O por ejemplo que utilizó durante un tiempo fármacos para disminuir la seca y repugnante acné que le devoraba el rostro, y no teniendo resultados lo intentó con palta, miel, vapor de la tetera, inclusive dejó de ver pornografía rusa y de masturbarse a diario, y como no le dio resultado, volvió a su ardiente Rusia, está vez encalleciéndose con dureza la palma de su mano derecha, pues llegó a cinco pajas diarias y al hilo. Los consejos iban y venían, pero su cara continuaba con un aspecto lamentable. Pese a su fealdad, nunca tuvo mayores problemas para conseguir mujeres, ya que siempre aparecía alguna, dispuesta a caer rendida en el antiguo juego de las sábanas.

El primer cuento que me mostró se llamaba enigmáticamente el 9 y el 8, una historia que aparentaba el juego de billar entre dos contrincantes malolientes y drogadictos, pero que en un momento pasaban a ser las bolas de la mesa, y terminaban todas las bolas echadas, menos la número 9 y la 8. Qué cuento más raro le dije, mientras sostenía el enclenque y mugriento libro antológico que contenía su relato. Explícamelo. Cuando se lo dije me respondió con violencia, los cuentos no se explican, tienes que descubrirlo tú mismo, piensa, piensa un poco carajo. Me di por vencido. Cuando íbamos saliendo del campus de la universidad, me dijo que los números correspondían a una fecha, 9 al mes de septiembre y 8 al día 8. ¿No estaba más claro? No, le dije, porque no sé a qué mierda alude esa fecha.

No nos hablamos por un par de años. Más tarde el prosista se fue de la universidad, de la carrera de periodismo donde éramos compañeros, y apareció un día publicado por la micro-editorial independiente La Caravana, con un libro de cuentos titulado Llagas, su primera publicación seria. Yo por ese tiempo trabajaba en una empresa de celulares donde mi rol era el de relacionador público. Tenía que ir a dar charlas a distintas empresas y hablar mil y una maravillas de los productos, tenía que redactar boletines informativos internos, organizar y dar las directrices al departamento de atención al cliente, coordinar el departamento de publicidad con el departamento de ventas, recortar prensa, analizar la competencia, dar cuenta mensualmente a los gerentes de los avances, y en resumidas cuentas, otro cúmulo de mínimas tareas devastadoras que de seguir enumerándolas terminarían agotando la paciencia del lector.
Recuerdo que llamé varias veces desde la compañía, pero no lo pude ubicar por meses. En ese tiempo había leído en la prensa un par de reseñas más de su libro, y por una que me entusiasmó mucho, me decidí finalmente a comprarlo. Cuando viese al prosista, tendría la posibilidad de destrozarlo o felicitarlo por su trabajo, dependiendo claro está, de si su libro me provocaba algo. Pues bueno, cuando lo leí quedé sorprendido gratamente, especialmente por tres cuentos. El primero se trataba de dos hombres que recorrían las calles desiertas y ruinosas de una ciudad incierta en busca de un antiguo bar. Al final debían arrancar porque aparecía la policía disparando contra todo lo que se moviera. El cuento finalizaba en un río insalubre, donde los hombres nadaban para salvarse y trataban de no ser descubiertos por los perros guardianes. El segundo cuento me llegó mucho, parecía que estaba escrito para mí: un hombre desesperado ante la rutina y el encierro decide saltar al vacío desde un rascacielos, desde una altura infinita que no le permite divisar las calles de la ciudad, hasta el momento final de su estrepitosa caída. El tercer cuento es la historia de un hombre enamorado de un fantasma, una alegoría, al menos así lo entendí yo, a la esperanza que tenemos por un paraíso remoto, por la búsqueda de contraer nupcias con una pareja, por volver al vientre materno, en otras palabras, por tratar de recuperar lo irrecuperable.
Al prosista no lo vería en mucho tiempo más. Cada vez que concertábamos un encuentro, la compañía decidía trasladarme a alguna oficina lejos de la capital. De todas formas, mientras me esforzaba día a día en ganarme mis pesos, las noticias del prosista seguían en aumento: ganó el premio de la universidad para ex-alumnos, luego el premio municipal, luego un certamen internacional para autores jóvenes. Cuando lo llamé para felicitarlo por otro galardón suyo -no recuerdo cuál fue específicamente- me dijo, ¿sabes cuál es el truco? Participar a concursos de provincia, y lo que es mejor, presentarte como escritor de provincia. En provincias no hay escritores de verdad, no hay una apuesta narrativa, sólo poetisos vanidosos y mediocres. Le respondí en tono de sorna: ¿Así que quieres ser un escritor provinciano?, no, se apuró a contestarme, yo quiero ser un escritor aparentemente de provincia, pero en el fondo aspiro a ser universal, no te hablo de fama ni de dinero, te hablo de ambición, de escribir algo bueno, de trazar un proyecto a través de la literatura, y no dedicarme a escribir novelitas provincianas.
Pasaron días, meses, años, siglos. Yo seguía varado en la empresa, y había conseguido publicar un pequeño librito de poemas, el cual en realidad era más un regalo para los amigos que el intento de hacer una carrera literaria. Supe por un amigo del puerto que el prosista vivía con una estudiante de filosofía, que tenían una hija, y que ahora se había vuelto todo un cabrón, en el buen sentido de la palabra, claro. Había dejado su afición al alcohol y escribía y leía como un poseso. En ese año publicó su segundo libro, en realidad un libro-objeto, Imágenes ancladas en la arena, el cual consistía en una cajita de madera color azul que en su interior contenía distintas postales, todas con imágenes de su ciudad pero acompañadas de textos a medio camino entre la narrativa y la prosa poética.
No estaba mal, el prosista había dejado su camino intempestivo de literatura visceral y ahora se había convertido en una especie de Cortázar provinciano, de un pacifista o de un naturalista que se había convertido al vegetarianismo. Buenos textos, pero desabridos, como naturalezas muertas de mal gusto, como de esas que haces cuando te las obligan a pintar en la escuela.
¡Rotundo error el mío que me haría tragarme mis palabras! Tiempo después apareció su tercer trabajo; Mansión deshecha, una novelaza que ganó varios certámenes y varios críticos del país la señalaron como la mejor del año. Esta vez no me molesté ni en llamarlo, en cambio corrí rápidamente a la librería y la compré. Ni siquiera pedí que me la envolvieran con el fino celofán del local, pues apenas salí de lugar, ya llevaba la novela ante mi nariz y no paraba de leerla. Lo primero que me llamó la atención, fue que por primera vez el frío y calculador amigo le dedicaba algo a una mujer que no fuera su madre, a mi mujer y mi hija, rezaba al abrir la novela. Pues bien, como iba diciendo, ese día tomé la novela y me metí en un café, pedí unas tostadas, un té, y acto seguido me devoré con mucha sorpresa y fascinación la novela. Era de noche cuando abandoné el lugar y ya había avanzado más de la mitad en el libro. Recuerdo que sentí una sensación de aturdimiento, como que el prosista había pegado un salto tremendo y casi definitivo en el oficio de la escritura. Ahora sus temas maduraban, su prosa era más límpida, y parecía que cada línea era una imagen poética confusa, repleta de sonidos y olores, porque eso era lo que quizás pretendía; fotografiar y retratar el puerto de su provincia, encerrar en un texto los nombres de sus calles, los miserables héroes locales, sus olores a frituras y a prostitución, sus imágenes de perros vagos cagando en la calle, los grupos de travestis atravesando el estero y sumergiéndose con sus amantes en el mar o enterrándose en la arena con sus penes flácidos y sus anos dilatados. Mansión deshecha era el testimonio vivo de un alma paseante –nunca sabemos quién es el narrador- a través de un puerto de provincia con su antiguo esplendor ahora añejo, con sus colonias extranjeras y pujantes de antaño convertidas ahora en desastres, con sus monumentos a los héroes americanos ahora abandonados en una plaza solitaria. Una ciudad con doscientos años de historia, y que ahora comenzaba a descascararse con la triste oleada del tiempo.
No sé en qué momento la prominente vida del prosista se fue a la mierda. Me contaron que lo vieron borracho en una cantina, solo, apoyado contra la barra, blasfemando en contra de los comunistas y los militares. Otros, no sé si más fantasiosos o realistas, me dijeron que estaba así tan mal porque llevaba mala junta, que unos fantoches y facinerosos vestidos elegantemente le pagaban sus borracheras, que no bastando con cancelarle sus deudas en todos los bares, lo atosigaban de tanta bebida. Que en una ocasión los vieron llegar de noche en un automóvil a su departamento, con un contundente cargamento de alcohol, y que todas las semanas aparecían sagradamente con el licor, para que el prosista se emborrachara y luego dejara de golpe el alcohol y cayera en un lamentable delirium tremens, un detonante de locura que terminaría con su existencia. Como había pasado mucho tiempo sin hablarnos, decidí establecer contacto a través de correspondencia. Los primeros correos no me los contestó, pero el día que menos pensaba me llegó su respuesta, y decía en pocas líneas que estaba con el agua hasta el cogote, que su mujer y su hija lo habían abandonado, que «unos tipos» querían matarlo a base de su vicio, que hace meses que no leía ni escribía nada. Que iban a desaparecer muchos, incluido tú, me respondió. Al final pedía que nos juntásemos, pero yo no podía, que los viajes, que las comisiones, que mi nueva familia, que no había tiempo. Aunque a lo mejor yo nunca lo quise ver, y para engañarlo a él y a mí mismo, utilicé como subterfugio cualquier excusa.

Uno nunca sabe del todo lo que quiere. Leí a un psicoanalista belga el cual decía que nuestra mente elucubra y maquina ideas en dos planos; el primero es el que nunca nos contradice, y el segundo, que vendría a ser una zona sombreada y difuminada, posee una voluntad autónoma, una inteligencia oculta a nuestra conciencia, pero que sólo los hombres más espirituales y disciplinados logran desentrañar y dominar. Puedo abominar de la pedofilia, pero secretamente estaré deseando poderosamente a un niño. Aún así, dentro de esa voluntad se encuentran otros dos planos, y así puede seguir la grieta mental hasta niveles insospechados, como si fueran las plúmbeas capas de una cebolla infinita.

Esta historia ramificada termina convergiendo en un solo punto, en un punto detestable y miserable. Pasó mucho tiempo sin que supiera nada del prosista, dejó de contestar los correos, nunca más lo pude ubicar a su celular, y cierto día que pude entablar contacto telefónico con su ex-mujer, me comentó escuetamente que ahora velaba por el futuro de su niña, que el prosista no tenía vueltas, y que si yo era tan amigo de él porque no me preocupaba más y lo sacaba del pozo en que se encontraba. Luego me cortó de golpe.

Estaba paranoico, de eso no tenía ninguna duda. Me persiguen, a ti también te perseguirán. ¿Qué hacía que creyera en esos delirios? ¿Cuáles eran sus falsas premisas en las que se movía?
Un día, mientras salía de la ducha y mi esposa me servía el desayuno y me tendía el periódico en la mesa, leí con estupefacción la triste noticia. Derramé el poco café que me quedaba, dejé las tostadas a medio comer y me levanté en silencio de la mesa, me dirigí a mi cuarto, y me recosté en la cama. Sentí un poco de escalofríos. Náuseas mejor dicho, algo que me recorría el estómago. En un momento pensé que iba a vomitar. Mi esposa apareció por el marco de la puerta y me preguntó si es que estaba bien. Le dije: “me resfrié. ¿Podrías avisar al trabajo que me ausentaré?” No me dijo nada. Cerró lentamente la puerta y apagó las luces del pasillo. Ese día comencé a escribir mi obra y mandé todo lo demás a la mierda.
(fragmento, de mi novela inédita El síndrome de Gernsback)

10 de junio de 2009

Encerrado

Bajamos por la larga terraza, amanecía, y las gaviotas se iban entrecruzando muy por encima de nosotros, atravesando el muelle en un vuelo fantasmagórico. Nos detuvimos un momento. Mirábamos al oleaje arreciado por un barco de bandera japonesa. Entramos a un bar. Ahí pronunciaste por primera vez en mucho tiempo el nombre del poeta, el compañero de borracheras interminables. Mientras nos servían la cerveza negra en la barra y prendíamos los cigarrillos, lo evocabas de manera harto cinematográfica, casi como voz en off:
«El poeta... pensar que empezó como un cuentista pero antes de sus 18 argumentó que el cuento no llegaba a ahondar en la cosa, no penetraba en la superficie de la realidad. Dejó su senda de narrador y se hizo poeta. Comenzó a escribir sus primeros poemas a sus amigas, a las que solían rechazarlo ya sea por su insistencia incontinente en besarlas, o por su apariencia descuidada, como la de un oficinista salido de un incendio.»

Reíamos, entrechocábamos las copas por la salud del poeta, recordamos las veces en que acusaba a los narradores de hipócritas, de mercenarios al servicio del telón alzado, de un compromiso que distaba a kilómetros con la sinceridad del poeta, al servicio de la nada, de la palabra; el poeta como montañista perdido en la nieve, buscando desesperadamente en el aluvión las últimas huellas de los hombres.
El poeta solía fabricar imágenes para todo, para el primer beso a la novia, para los clásicos del fútbol, para el boxeo y las peleas de peso mosca, para los coches fúnebres que atravesaban el cementerio con el ataúd, para todo. El poeta personificaba en su ser mismo un alud de imágenes, como olas batientes que lo hacían ir y venir en música zigzagueante, en una zamba barriobajera, aullada por esclavos descalzos a la orilla de un mar radioactivo.
«La primera vez que supe de él fue cuando se reintegró a la universidad después de su enfermedad. Habían pasado cuatro años desde que congeló y desapareció sin dejar estela. Cuando volvió se veía mucho mejor, más recuperado, con un saco contundente de experiencias a sus espaldas. Nos contó de su alumbramiento que tuvo con Pessoa en su viaje a Portugal. De hecho, lo primero que hizo cuando llegó a la universidad, fue empapelar de poesía las paredes; el poeta es un fingidor, y desplegaba sus enormes papeletas en las paredes que borraban los anuncios de las asambleas de carrera y los manifiestos neoístas.»

Apurábamos la cerveza y corrían hilillos de nostalgia por nuestros labios, pero brindábamos por el poeta, y salíamos triunfantes del bar. Acto seguido tomábamos algún callejón y dejábamos perdernos en las callejuelas del muelle. Mirábamos las vitrinas, y yo recordaba silencioso el odio del poeta por las vitrinas. Su entretención de pendejo alucinado: aventar piedras contra éstas, y echar a correr despavoridamente, provocándose a sí mismo el miedo, como una forma de doblarle la mano a su abatimiento. Porque el poeta iba en alto y bajo, a veces presa del éxtasis, a veces presa del desasosiego. Al poeta le habían diagnosticado esquizofrenia, y su vida y sus versos eran la subida a una montaña rusa sangrienta.

Siempre me he preguntado qué clase de habilidad tiene un humano para poder cruzar los inciertos callejones de la poesía, y eso mismo preguntaba en voz alta mientras cruzábamos los barrios miserables, barrios con borrachos febriles endosados a sus calles, cantinelas que se transformaban en monólogos eternos o simplemente en balbuceos pusilánimes, toda esa fauna estaba tatuada con una resaca mortal que empalidecía sus rostros y tiznaba con el tinto sus labios. Niños venían a mendigar y les dábamos algunas monedas para que nos dejaran tranquilos. «Qué es lo que empuja a una persona ser poeta... hacerse poeta» repetía en voz alta para que mis amigos me escucharan, y ellos decían que no lo sabían, pero recordaba la voz lenta y acompasada del poeta: «Un buen poema es capaz de transformarse en edicto para quién lo lee». Y yo me quedaba tieso, parado como idiota en la calle que bajaba y descendía interminablemente en estrechos pasillos que conducían a una vista multiforme del puerto.
Alberto Caiero era su heterónimo favorito de Pessoa: decía que ser poeta no era una ambición suya, sino una manera de estar solo. Palabras que me empujaban a que tomará otra bifurcación del camino y esta vez siguiera solo mi recorrido. Pero no lo hice, y seguimos bajando juntos por la interminable avenida, que ahora se llenaba de griteríos provenientes de un corro agrupado en un bar, animando seguramente una pelea de box emitida por televisión. Llegamos a una pequeña plaza sucia. Un olor a maní confitado que salía de un carrito cercano nos hizo detenernos y nos sentamos. Le compramos unos conitos al viejo y empezamos a comer. Mira esas piernas, me dijo uno de mis amigo a la par que apuntaba hacia la acera de enfrente. Una muchachita muy blanca, calzada con sandalias, vistiendo una falda cortísima y luciendo un par de senos descomunales, iba caminando de la mano con un fantoche que al parecer era su novio. Nos abstuvimos de elogiarla a gritos, porque vimos en esas raras horas que produce la luz de la madrugada, un cuchillo brillando feroz en el pantalón del individuo. Prendí un cigarrillo y lancé unos perezosos anillos de humo de mi boca. Comentamos el detalle del arma, y cada uno elaboró su propia tesis, o mejor dicho, un pequeño relato de por qué iban así, caminando como a destiempo. De haber estado el poeta le habríamos pedido que deliberara a favor del delirio que le parecía más verosímil. De nuestras improvisaciones, el ganador tendría un premio especial: lo dejaríamos durante un día completo con la Sierva, para que hiciera lo que quisiera con ella, un detalle no menor, pues aún eran muy pocas las mujeres que se adherían a nosotros. A nuestra causa.
Cuando terminamos las historias, uno de mis amigos estaba reconcentrado, dando la impresión de que no había puesto ni la mínima atención y que el resto habíamos estado hablando sólo para nosotros mismos, nunca para él. Pero de pronto se incorporó y nos dijo que ya conocía todas las historia posibles pero quedaban otras que sólo el poeta desentrañaría; Nosotros decíamos las más fútiles, él, el poeta, habría hecho un relato repleto de detalles tan penosos y patéticos que de sólo ser enunciados agregarían otros matices a las narraciones que no habíamos inventado, y llegado a tal punto, las historias posibles se transformarían de tal modo, que las nuestras, nuestras versiones de la historia central, de la mujer con su compañero y el cuchillo, pasarían a ser un simple apéndice, un vulgar folletín que no alcanzaría a transmitir toda la sórdida música de un secuestro que se iría a realizar, y que aquellos dos que iban caminando por ahí, tendrían un eje central en su ingente materialización narrativa.
El poeta tenía esa capacidad para adelantarse a los hechos, por eso lo necesitábamos con nosotros, teníamos que recuperarlo a como fuera lugar.
El mote de poeta, se entenderá, no tiene relación alguna con una persona que escribe poesía. Hablábamos en clave. El poeta, para nosotros, era un clarividente con habilidades psíquicas, capaz de desentrañar lo que iba a ocurrir dentro de la media hora siguiente. Una habilidad que si se piensa bien, en ciertos momentos claves son capitales. Él servía para ir modificando el presente; era la llave que era capaz de abrir todas las posibilidades, era nuestro agente especial que abría los caminos necesarios y cerraba los inoportunos. Guiarlo costaba un poco. Como su mente estaba escindida, siempre vivía media hora más adelante, por lo cual era muy difícil seguir una conversación coherente con él. La otra parte, la que vivía en el presente, era muy irritable. No podía relacionar bien que él tuviera esa habilidad y nosotros no. Le costaba dar a entenderse. Sufría terribles migrañas.
Mi amigo me dejó absorto cuando habló del actual paradero del poeta, y yo sin querer indagar más, cortésmente guardé silencio para ver si finalmente me revelaba los detalles ocultos, los fragmentos perdidos que ansiaba ver y analizar para así hacerme una idea, una construcción mental más acabada del pequeño pero grandioso poeta, a quien por cierto jamás había visto en mi vida. Sólo lo conocía de oídas.
Pero la espera me congeló todo el cuerpo, y tras minutos de impostura, les dije que mejor avanzáramos, que teníamos que llegar pronto, antes de que se escucharan las primeras campanadas de las iglesias, porque de lo contrario no podríamos entrar y nuestro jefe nos reprendería de una manera brutal. Tienes razón, apuremos, acotó uno, sin aportar ya más al cansancio y al silencio que se nos iba apoderando en el pecho, en las manos y en los pies cada vez más entumecidos. Sentí un gargajo revoloteando en mi garganta. Escupí sobre un tronco tirado en una esquina.

Íbamos dejando atrás el ruido de los buses, el entrecortado ruido urbano. Las avenidas comenzaban a ensancharse hacia los bordes laterales del muelle, el mar resplandecía en su rápido oleaje, y las embarcaciones mercantiles dejaban atrás sus vibraciones en el agua. Aparecía ante nosotros un gran parque despoblado, y tras subir anchos escalones de piedra lo dejamos atrás con todo su verdor de fresnos. Ahora caminábamos por una pequeña senda de pastelones, cuando de pronto divisamos en ese frío día de cielo despejado y de recuerdos, el portón metálico del edificio blanco que aparecía tímidamente ante nosotros. Atravesamos las puertas y nos acomodamos nuestras ropas, con esa pulcritud que se tiene cuando uno sale por primera vez con la novia. Acto seguido se nos acercó una enfermera no tan vieja, pero con una frente cubierta de arrugas, lo que le otorgaba una especie de dureza y madurez impropia para su edad, pues no debía pasar los treinta. Una vez estuvo al lado de nosotros, nos dijo que la siguiéramos hasta la caseta de control. Nos pidió nuestras identificaciones y nos preguntó por el nombre del paciente. Le entregamos información falsa. Luego de eso nos condujo por un patio pequeño y embaldosado, hasta que entramos en la sala de visitas, la cual estaba iluminada por la luz natural que venía desde afuera. Ahí estaba sentado contra la pared, vestido con una cotona blanca, mal peinado, gordo, más melancólico que nosotros quizás, nuestro poeta. Desenfundamos nuestras armas y en segundos se desató el caos.