29 de julio de 2011

Grasth


Su brazo carcomido marcaba la distancia
de cada estrella fulgurante explosionando
allá detrás del hilo invisible y refulgente
 -una máscara enorme y sonriente-
  expelía el sudor que necesitaba
La Máquina
             para crear y recrear.


Vi a los malditos golems y faunos
                                de la poesía chilena
siendo troquelados como muñecos en dos patas
guardados en cajas para cementerios
enterrados en los subterráneos del lugar común
-la fosa común-
¡queremos existir! Decían las calaveras
& yo les apuntaba con mi revólver y les devolvía
los ojos hacia dentro,
cuencas florecientes
pétalos de sangre,
árboles en zig-zag.

Al tercer día amanecí recostado sobre mis doscientas, trescientas, setecientas mil novelas inconclusas
mis gafas empañadas          el mundo no se podía ver
brillaban otros,
bailaban en círculo junto a sus tubos de oxígeno
sus manos destrozadas por balazos
 sus canciones para ancianas amnésicas y frenéticas
la literatura chilena totalmente judaizada
maternalista
materialista
sabrosa en las divisas suculentas para aquellos gordos catastróficos
y maricones anémicos
& yo
soportando el cadáver viviente de mis novelas que crecía y crecían
y se agolpaban en editoriales clandestinas
viendo como se alejaba de la realidad aquella nave
fea y mugrosa
nada esplendorosa
de muñecos troquelados
por el infierno mecánico
de las letras chilenas.

2 de junio de 2011

Monos de mar, 2

 
El niño Helmut fue puesto por la misma inteligencia militar, la cual llevaba mucho tiempo supervisando el retiro del Coronel Manuel Salgado, tan valioso como peligroso por las “cosas” que sabía. Al interior de la cúpula militar se estaba al tanto de la trilogía que escribía bajo el pseudónimo de Joseph Barteck, ya publicada sus dos primeras partes por la editorial Totec, la cual no vendía sus libros en ningún comercio establecido, ni por correspondencia ni por ninguna forma convencional. Había que ingresar a un círculo de lectores -bastante hermético y cerrado- y una vez que la membrecía de la persona era incuestionable, recién ahí se le permitía acceder a unas pocas obras del catálogo. No era un asunto de dinero, era de honor. La editorial Totec fue investigada arduamente por la inteligencia militar, y de no haber sido por los estrechos lazos que mantenía Salgado con ésta, jamás se habrían molestado en estudiarla. El niño Helmut fue asignado a Salgado como era la costumbre en la institución castrense, ya que todos los militares con altos grados y en retiro, tenían opcionalmente para su disposición, un criado para los servicios domésticos. Estos jóvenes eran sacados de instituciones mentales o de hogares para niños huérfanos, e incluso en ciertas ocasiones, traídos desde el extranjero de manera clandestina. Pero el caso del niño Helmut fue una infiltración desde otro tiempo y espacio, una maquinación desde otro mundo, diseñada por la Mente Artificial al servicio de intereses que irán siendo develados.

8 de mayo de 2011

Monos de mar

Manuel Salgado era un anciano que vivía en la zona periférica de un desgajado balneario venido a menos. Había sido militar durante su juventud - ingeniero en telecomunicaciones- y ahora en su vejez llevaba una vida calma y segura junto al mar. La pequeña villa en la que vivía era un conjunto habitacional de varias cabañas sencillas, arrendadas a precios irrisorios a militares en retiro, donde pasaba sus días el anciano junto a su criado, Helmut, un joven autista con una cara que demostraba a kilómetros su imbecilidad congénita. El anciano pensaba escribir sus memorias, pero antes, anhelaba finalizar su trilogía de ciencia ficción pulp Los Reyes del mar, publicada bajo pseudónimo y que se trataba de una saga épica que transcurría en las profundidades de Marte, donde era posible encontrar civilizaciones de ultratumba enterradas en cavernas oxigenadas, rebosantes de mares de cobre y plutonio.
Su joven criado, el niño Helmut, como lo llamaba cariñosamente don Manuel, no era en la realidad ni joven ni autista, ni ser humano. Tenía alrededor de doscientos años y poseía una inteligencia que superaba la media. Tampoco venía de esta tierra. Era una criatura que pertenecía a la sexta dimensión y que había tomado la forma de un joven idiota en el mundo en que transcurría esta historia.


Recapitulemos.

Manuel Salgado, Coronel en retiro, antes de jubilarse diseñó las bases de lo que sería la actual realidad virtual, tan utilizada para fines ociosos, como los videojuegos o las películas interactivas, pero que sus fines militares eran mucho más severos. Él fue un teórico para que se generase la gran red que haría una mixtura de lo virtual con lo real, creando una nueva realidad, el movimiento de la nueva carne. Respecto a Helmut, al falso Helmut, la criatura interplanetaria fue puesta ahí por motivos que irán dilucidándose en el transcurso de esta no-vela, al recorrer sus páginas aún por escribirse. Manuel Salgado tiene ya escrita su biografía, por lo cual sólo resta poner su futuro, lugar en el cual se situará la novela. (son los últimos años de vida de Manuel Salgado, por lo cual su muerte será la que cerrará esta historia). Tenemos entonces; un balneario, un viejo militar en retiro, y el niño Helmut, y los ánimos para proseguir esta novela, que será íntegramente publicada en este mismo sitio.

3 de mayo de 2011

Apertura


Las obras comienzan a salir del letargo. Ya el mercado negro está dando sus primeros pasos en el mercado blanco, el establecido bajo los márgenes de la ley. Pero habría que pensar que todo este alud de obras deben tener un correlato con la realidad, para desdoblarla y generar una nueva. La escena es variopinta, pusilánime y gloriosa, mínima y totalizadora. Los sujetos provienen de distintos estratos sociales, pero parecen compartir una estatura media de 173, que es la estatura promedio de estas tierras. Ahora los avioncitos de papel, tan arduamente fabricados en talleres clandestinos, han comenzado a entrar en un rápido proceso de embalaje y distribuición rápida. Se está comenzando a entender que estamos preparados para la grandes cosas, para formar una escena heteróclita y diversa. El arte comienza a terminar su sueño letárgico de los experimentos, para iniciar su fase de lo probado y testeado, fase no excenta de los consabidos riesgos. Aquel que antes buscaba pergeñar una obra para el aplauso, para los entendidos, ahora se va abriendo con un largo machete por la selva, internándose en los parajes de lo desconocido, sin saber muy bien cuáles son los ojos que contemplarán finalmente a la obra. Estamos en la cuenta regresiva, y todo indica que cuando se escuche la palabra ignition, un gran cordón humano partirá en múltiples direcciones hacia la esperada apuesta local. Se me acusará de optimismo apresurado, pero sólo dibujo una línea entre las coordenadas, marcadas en el territorio hace tantos años atrás.

14 de abril de 2011

La Flor Inexistente

"Junto a la casa había un jardín. Mis primeros compañeros de juego fueron las raíces, las hojas, y esos espíritus de la naturaleza que hablan a los niños.

Un día, del interior de una flor asomó una mano y me hizo señas para que me aproximase. Poco después, la flor se deshojó. Quise recoger sus pétalos y reconstruirla; pero me fue imposible. Pensé entonces en armar una flor de papel pintándola de colores vivos. Muchos días pasé en mi trabajo, hasta que la flor estuvo terminada. La llevé al jardín y la puse en el lugar donde apareciera la mano. Si la flor hubiese estado bien hecha, la mano volvería a asomar. Pero la mano no vino, no retornó más. Mi flor no podía compararse con  las del jardín, pintadas por el buen Dios.

(...) Había entrado en competencia con la naturaleza y con el buen Dios; había contraído, sin saberlo, el compromiso mortal de crear una flor."

Miguel Serrano, La Flor Inexistente

12 de abril de 2011

Imagen (parte III)

¿Pasa algo distinto del resto de los humanos en la cabeza de quién crea? Sí. Y no. No, porque el mero hecho de crear algo, más aún si es dado por la contingencia, para la fama, por el dinero, o cualquiera sea el móvil que sustente el acto creativo, la mente tiende a establecer patrones y cánones con lo existente. Va más a lo imitativo que a lo imaginativo. Pero cuando el móvil de un acto creativo no es ninguno, entonces deviene la obra maestra. El artista entonces, debería ser capaz de ejecutar una obra que pueda estar hecha para no ser leída, o para ser quemada, o no dada a la imprenta. Libros puestos en frigoríficos. De la conjunción de la obra instantánea, hecha para no perdurar, de sus cenizas, tendría que emerger la obra maestra, la que nos sobrevive. Toda obra maestra es de carácter iniciático. No para cualquiera. Entonces, hilando con la primera interrogante que abre esta página, en la cabeza del creador auténtico pasa algo así como un estallido de imágenes, una sucesión de lugares y rostros y personas que nunca hemos visto, quizás hemos atisbado en sueños o en otras narraciones, pero que ahora, recién ahora, se presentan con toda su realidad y nos exhortan a que los narremos. A ser dados desde ese otro mundo a este. 

Aquellos que logren ese extraño estado de vigilia y de sueño entremezclados, tendran la llave, el númen, el propio tractatus para no aburrirse nunca más en este mundo.

4 de abril de 2011

Imagen (parte II)


¿En qué momento ingresaron a la palestra narrativa los hombres con sombreros bien calados? Bien calados en un sentido más arquetípico que real, pues no deja de ser un hecho de que "aquellos" pueden vestir como la moda lo promueva. Cuando en una novela aparece un muerto ¿qué hacer? Y cuando aparecen dos muertos y tres, así en lo sucesivo, ¿es una suma de quehaceres? No. No lo parece en una primera instancia. La muerte  puede sobrevenir ya sea de manera natural, como en una novela anciana, o por asesinato (mucho más escalofriante), como en una novela pascal. La acumulación de asesinatos no debería llevarnos a pensar apresuradamente en una tragedia o en un hecatombe. La realidad se encarga de parir más muertos que vivos. Lea el noticiario y contabilice sólo a los cadáveres noticiados. En un día aparecen más muertos que en cualquier novela leída. En mi primera novela (la primera pública, hay otras tantas impúblicas), El Secuestro, tanto como la que vendrá, La Secuencia Chobart , me dispuse la tarea nada grata de repartir cadáveres por toda la mesa. Por doquier. Cada tantas páginas, ¡pum! un muertito. Eran novelas disfrazadas de Chandler, pero que formaban imágenes muy distintas a las sugeridas. Había que poner un policía, alguien que se hiciera cargo de los crímenes en cuanto papeleo, nada de lloriquear, eso está claro. Me tentó la idea de dejar a los cadáveres abandonados, pero eso le confería a los libros un toque bélico o surreal que no buscaba. Había que jugársela por un híperrealismo que desbordara a la realidad. Porque cuando en literatura no hay desborde, no hay literatura. O mejor dicho, la hay, pero corrupta, del siglo XIX.

En mi primer libro puse a muchos policías, o uno solo en un espejo de laberintos. En el segundo, en la Secuencia, tenía que ser el choque entre dos mentes, al clásico estilo noir. La mente criminal y la mente del policía pensando como criminal. O la mente del criminal y la mente del policía pensando como el policía. Podían darse aquellas variantes, sin forzar ni recurrir al elipsis fácil. Entonces, la imagen que se formó fue la imaginación de charcos de sangre recorriendo temblorosamente, página a página.