11 de diciembre de 2011

Ellael


"La maldición pasará el día
que llegue un santo príncipe
que no entienda lo que tú digas
y que no sepa sino esta palabra...."

(Jacqueline Balcells, Cuentos de los Reinos Inquietos)


Él proyectado en sus energías sanadoras
como Ella, retornada perdida 
en la galaxia
con sus pulmones y su magia
reencontrada en forma  humana 
de machi
-werkenes batiendo mensajes con sus plumas-
descifrando los arcanos de Rael
batiendo y gritando con los pumas;

El ángel que combate contra una cola
y lucha contra la espuma, contra la ola;
eso lo escribió Blake en lirios perfumados
bajo la fuente del Sol Negro
mientras ellos eran uno solo
una pura persona
fundidos en el Bakithi Loto
que es como una explosión de soles
la canción de fuego y hielo
bajo el único A-mor.
El amor inexistente, que no está ya más acá, pero que late en corazones de fuego....

(para una mujer que vive dentro de mí, y que yo vivo dentro de ella, pero dormidos los dos)




....En otros futuros y reinos lejanos de la imaginación.

3 de octubre de 2011

Yo era aquel..........

Pablo Rumel Espinoza a los 4 años, vestido de rey mago.



Yo era aquel niño que nadie sabía qué diablos hacer con él. Aún recuerdo las mañanas atragantadas en la esperanza, los sueños como colores que desdibujaban el horizonte. Pintaba  los bordes grises de las cosas, porque pocas cosas podía hacerlas bien.

Yo era aquel niño que nadie sabía muy bien qué hacer con él. Títeres, marionetas recortadas, sombras expresionistas que mostraban el Destino. Recuerdo que me recostaba en las tardes para dibujar, tratando de calcar una flor en papel, algo, una imagen que devolviera la misma imagen mental que soñaba. Un solo asesinato bastaba en mi mente para colorear con matices a esa flor. Traerla a la vida. Hacerla florecer desde adentro hacia fuera. Era mi secreto predilecto. Y nadie lo sabía.

En mis dibujos siempre perdían los buenos. No podía hacer nada por ellos, porque el Destino era inevitable. Los buenos eran humillados en goleadas catastróficas, barridos por ejércitos de soldaditos de plomo.

Yo no lloraba en público, trataba, y el premio era esbozar la sonrisa de Ella, una Niña Frágil roja de vergüenza, escondida en sus juegos de manos,  en sus secretos de portal de muñeca.

Me gustaba la pintura, me gustaban las marinas heroicas, de buques destrozados en la guerra, y los cuerpos blancos de mujeres desnudas. La leche derramada hablaba por sí sola. Y yo sabía muy bien que mi destino era crear. Recrear en miniatura los juegos del Universo, lugares donde era imposible aburrirse.

A veces el ego se destruía, pero me enseñaba unos cuantos misterios.

A veces no sabía qué hacer conmigo, no era que dudara de mi existencia, pero los otros se empeñaban secretamente en hacerlo. Yo era el pájaro desfigurado que volaba de nido en nido. A medio volar. Tratando de ser el águila, el halcón que volara de frente, sin vacilar. Mi abuelo pilotaba aviones en picada, 180 grados volteado, el lunático encantador, camarada de sus camaradas. Abrigado en los sueños de los amigos. Poseedor de la llama, de la secreta juventud.

Yo era ése niño. Y tú eras el niño que no hablaba, en una partida a muerte con el Universo. La Niña que armaba su corte con sus cartas. El naranjo esplendor de la vida, la vitalidad que empujaba a no morir. Tú estabas en mis sueños, porque yo antes soñaba en colores, y la melodía de los pájaros era tenue. Y aparecí porque me soñaste. No sabías que yo existía, me presentiste.

Puedo decir lo mismo de ti, oh lector.

Te soñé porque ya era tarde, pero aprendí que tras cada vuelco, tras cada acometida suicida, hay un bandejón cargado de futuro. Marquesas, príncipes, condesas. Los naipes marcados del ayer. Las figuras que ahora presiento, emergen en la lluvia. La primavera que ya llega.

Los últimos brillos del otoño, como sombras que marchaban desde atrás.

1 de octubre de 2011

Máscara de cuero



Al tercer día
vi como tu negra máscara de cuero
te explotó en la cara
lágrimas de sangre
esferas perfectamente pulidas
para recordarnos;
tras el silencio
había un mar de melodías negras
pulsaciones del amor
corazones abiertos de sangre
sangre sobre la sangre
pelo rojo en el cabello de fuego
de la nada
sobre pulsaciones
que te dibujan en esta página
que escribo.

(esto lo escribió Rubem Ferreira, en un faro gris, en un viaje de vuelta a Lisboa)

21 de septiembre de 2011

15 de septiembre de 2011

Máscara de J


Venecia es una ciudad amenazada por el sortilegio de las aguas; quizás algún día se la trague el mar como a una piedra y todos nosotros (los que verdaderamente la hemos comprendido) bajemos a recorrerla conteniendo el aire en los pulmones. (el cuaderno rescatado de William Turner)


En el mes de abril, durante las primeras fases de la luna, el Gran Maestre del circo de los Visionarios, barajaba con sus cartas distintos símbolos, asignándole a cada artista una encomienda, un destino a seguir. A algunos les tocó el sol, y se fueron rumbo al desierto. A otros les tocó el fuego, y sin demora, se internaron en los fríos bosques nórdicos, sirviéndose de lobos como montura. A una mujer se le entregó un oasis, y sin despedirse de la caravana, siguió sola y durante muchos años las aguas del Nilo. El último integrante del grupo se le otorgó una carta con la letra “V”. Tendré que generar un nuevo teatro de “visionarios”, pensó en el preciso momento en que guardaba la carta bajo su manga . Y en una noche sin luna, portando una mascara de jade decorada con lapislázulis , se fue rumbo a Venecia.

Lentitud

Ciego caminó por las calles, figurándose que una compañera lo llevaba tomado del brazo, y que con lentas palabras lo arrastraba en un oleaje suave y plañidero. Los autos eran pequeñas fragatas que eclipsaban bajo el mar por influjo de la luna. Los peatones, bravos marineros llenos de sal y polvo marino en sus estrellas. Las mujeres, camaradas lejanas con amuletos en forma de sirena. El asfalto, una larga barca hecha de delfines y fieras ballenas acorazadas. Tanto se figuró el hombre aquellas cosas, que sin darse cuenta, una férrea y dulce mano comenzó a conducirlo despacio, entre la selva urbana, hacia una cueva submarina.

Una mariposa planeando




Las mariposas aleteaban fuera de tu boca, surcando y rozando las esferas de tus labios; las manos se deshacían imitando la forma del viento y del fuego que gritaba. Amarillo, naranja, rojo, eran los colores de las llamas que fraguaban la infinita noche que nunca moriría. ¡Alza ese cuchillo y abre un agujero en tu estomago! Gritó una forma vestida de nube: "Enrosca tus vísceras como la brisa y deja que el viento flamee en tu mejilla".

Soy el señor del verso, el artista de la nada, el fracaso absoluto rondando el sol ante la certeza de la vida y de la muerte. Ahora que el río trae mas río y las piedras ya no suenan, esconde tu mano bajo el agua -chapotea- saca un pez con forma de pulmón, y ahora sí, respira.