13 de agosto de 2009
I Wanna Change - The Street Beats
Wairudosaido no tomodachi ni
Tsutaete okitai koto ga aru
Ima wa tooku tooku mieru akari demo
Shinjite mirudakeno kachi ga aru
Oiboreta mahiru no kousaten ni
Hane wo nakushita tori tachi no mure wo miru
Jibun rashiku ikiyou to agaitemiruga
Jibun no shyoutai ga imadani wakaranai
Hane wa taiyou ni yakare tobu koto mo dekinaika
Ore wa tobitai tobi tsuzuketai
Ore wa tobitai tobi tsuzuketai
Tsumibito ga sousuru youni
Hitoriyogari de kodoku na sekai wo mamoru
Nakusu no wo osoreru bakaride kawarezuni
Mamoru furi shitewa iiwake wo kurikaesu
Hara no soko kara waraenai jidai no sei ni shitakunai
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
I wanna change, I wanna change
(I wanna change)
Ohoho...
Wairudosaido no tomodachi ni
Tsutaete okitai koto ga aru
Jibun rashiku ikirutte douiu koto da
Jibun no kara wo kowashi tsuzukeru koto da
Utsuriyuku toki no naka de daremoga jibun wo sagasu
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
I wanna change, I wanna change
9 de agosto de 2009
Algunas notas en torno a Herzog
La fijación absoluta por la locura. O mejor dicho, por ese gesto de desesperación y dignidad que conlleva la locura. Werner Herzog, registrando incesantemente con su cámara los excesos de la alucinación. Personajes delirantes que podrían llamarse Beethoveen, Van Gogh, Musil o Proust. Cuando la locura, la psicosis, la manía, no son un afán de destrucción o de asesinato. Más bien de autodestrucción con fines exacerbados. Místicos, o casi.Lo que en su cine fija Herzog a lo largo de casi toda su carrera, tiene que ver con grandes proyectos que salvarán a la humanidad o a un grupo selecto de ella. Sus películas están plagadas de seres mesiánicos con ideas fabulosas, de hombres que jamás podrán ser juzgados bajo términos humanos. O mejor dicho, escrutados bajo los prismas sociales y sus condicionantes que actúan como norma implacable, a la hora de configurar la vida de un sujeto. La ecuación, sociedad+circunstancias=persona, no le interesa a Herzog. Hablamos de gente que en algún momento vislumbraron una realidad oculta, y le rompieron la nuca al destino. Gente que por un azar inexorable, o por una causalidad trágica, llegaron a rumbos insospechados, a lugares a los cuales jamás se pensó que llegarían.
Recortes, o sinopsis híper-resumidas de su cine: Fitzcarraldo, un empresario que trabaja con hielo, pero que su pasión incontenible es la ópera. Su meta, desde el Perú trasladar una ópera hasta las Amazonas. Aguirre, la ira de Dios, se conecta directamente con la película anterior, y tiene como telón de fondo el proceso de Conquista Española en América. El plan de Aguirre es encontrar El Dorado a toda costa, atravesando las zonas más peligrosas del río Amazonas, aún cuando ello le cueste su vida, y la de sus hombres. Nota no menor: Klaus Kinski actúo en ambas películas. Y Kinski tenías serias perturbaciones mentales. Cuentan que era tan sucio y grotesco como los personajes que interpretaba. Era básicamente un sociópata. Desaliñado, comiendo como animal en la mesa, adicto al sexo y a las relaciones esporádicas, eran los rasgos manifiestos de su personalidad. Cuentan que una vez Kinski intentó asesinar a Herzog en el plató, tras tener una acalorada discusión durante el rodaje de Cobra Verde, otra película que aborda el delirio de un portugués venido a menos, pero que gracias a ciertas influencias sociales logra partir al África para traficar con esclavos y formar su propio imperio (una película que guarda parentescos con Apocalypsis now, que perfectamente pudo haber filmado Herzog).
El asunto es que Kinski abandonó a medio terminar la película y la dupla dorada que había catapultados a ambos al centro del castillo fortificado, terminó por despedazarlos y marcar el inicio del declive. Luego de eso, Herzog ejecutaría una infumable película, sin Kinski, titulada Grito de Piedra, en 1991. Y pasaron diez años, hasta que retomó nuevamente el largometraje (por aquella época filmó trabajos y documentales para la televisión) para llegar con el Invencible, y tratar nuevamente el tema del delirio: un polaco judío emigra desde el campo a la ciudad luego de ser contratado por un agente circense, al ver una demostración pública de su descomunal fuerza. Es así que llega a un cabaret berlinés, donde disfrazado de Sigfrido, levanta pesos enormes ante la mirada atónita de los espectadores. El problema es que los altos jerarcas nazis solían acudir a estos espectáculos, y pensaban que su Sigfrido era alemán y no judío. Ambientada en una época enrarecida, poco antes de la ascensión de Hitler al poder, esta película marcaría una nueva era de Herzog, que a pesar de que se le murió su actor fetiche (o mejor dicho, icónico), sigue vigente y con la mente fresca, para nuevos proyectos.
5 de agosto de 2009
Frac/tura
Mi misión era salvar a la literatura chilena. Tenía la frente llena de sudor. Cuesta llevar un mecanismo tan complejo encajado en la frente, y disimularlo, para que la gente que está a tu alrededor no lo note. Me puse unos pliegues de látex firmemente adosados en el rostro. Para completar el secreto de mi cara, me puse una profusa peluca con chasquilla y pelo cano, conjunto que terminaba de salvaguardarme y completaba a la perfección mi disfraz. Del vestuario no hubo problemas: revisé un par de revistas digitalizadas de aquella época; unos pantalones de tela, una chaqueta, una camisa blanca y unos zapatos de cuero sintético bastaban. Me puse un dispositivo en mi cabeza, un pequeño chip que me permitía pronunciar correctamente el idioma chileno de esos años. Mi gerente financiaba, y pagaba bien. Luego las luces revoloteando encima de mi cara, los mareos, las ganas de vomitar, el desvanecimiento de la sala de control; mi piel, los órganos, los huesos expuestos. No sé cuántos segundos transcurrieron, pero de pronto me vi a mí mismo sentado con un maletín en un desgajado y sucio banco. Saqué mi pequeña plaqueta conectada a mi antebrazo derecho, y disimuladamente, apreté la secuencia. Un plano virtual de Santiago me sirvió para llegar hasta la Plaza Mulato Gil de Castro. Era obvio que tenía que caminar como un ciudadano más, no llamar la atención bajo ningún motivo. Si un policía me agarraba tendría que abortar de inmediato el plan y todo se habría ido al carajo. No mirar mucho a la gente, ni a los grandes autos amarillos repletos de cabezas asfixiadas y sudorosas. No podía intervenir ni un milímetro con mi presencia; sólo recorrer correctamente el perímetro señalado en mi plano virtual y seguir las indicaciones al pie de la letra.No abundaré en detalles pintorescos. No habrá acá descripciones del ambiente más o menos histérico de la fecha señalada. Ese no es el fin de este informe. Me limité a ingresar a un bar (el cual olvidé anotar su nombre por un torpe descuido) y a sentarme al lado de una animada mesa, donde un grupo de personas debatían, reían y brindaban. Disimuladamente observé sus rostros, y pude comprobar la identidad de cada uno; de dos en realidad, los que importaban para esta crónica: Los señores L y B. El primero iba con un paño blanco sujeto a la cabeza, vestido de luto completo. B iba más o menos vestido como yo. Una coincidencia nada más. Ajusté el receptor detrás de mi oreja y sintonicé la percepción auditiva para poder escuchar mejor la conversación. La música y las risas dificultaban las cosas. Escuché que L hablaba sobre los piratería, sobre los pequeños pueblos que traficaban libros y que gracias a esto podían llegar al “pobre cabro patipelao” (transcribo lo más fiel posible) que apenas “tenía pa zapatos”, pero al menos podía escapar de la caja maldita de la televisión y leer un buen libro. Y resulta que de esos libros, una gran parte son los tuyos, replicó B. L estalló en carcajadas y luego rompió a cantar, un bolero que hablaba de un marinero que desafiaba a duelo a un pirata por un jovencito que trabajaba en una humilde pescadería. Los dos morían, con sendas estacadas en el corazón. Una de las comensales lo siguió en la canción. B, medio desconcertado, sonreía con una mueca torcida, y luego aspirando una larga bocanada de su cigarrillo, se puso a aplaudir.
L y B hablaron de algunos autores, de ciertas novelas que habían causado pésima o buenísima impresión en la crítica. De escritores que ya no figuran en el Registro Oficial de mi época, por lo cual da lo mismo anotar o no sus nombres. B se fue en una digresión interminable, sorbiendo un líquido que al parecer era agua con gas. En un momento me dio la impresión de que L tenía las ganas de acariciar el pelo de B, de tomarlo por la solapa de su chaqueta y besarlo apasionadamente. Pero no, sólo pequeños gestos entreveían esto que yo alucinaba. Las nervudas manos de L se movían nerviosas; tamborileaba con los dedos la melodía que inundaba el bar. Muchos pasaban cerca de la mesa, pero no atinaban a reconocerlos, excepto una muchachita de unos veinte años que se detuvo unos segundos, mirando fijamente a L, pero que una vez éste le devolvió la mirada, ella volteó rápidamente su cabeza y salió caminando rápidamente del local.
Todo esto lo registraba de memoria, simulando que esperaba a alguien, al lado de un vaso de vodka, mirando un reloj imaginario en mi muñeca izquierda, contabilizando los minutos y los segundos, pues cada vez me quedaba menos tiempo. De pronto vi un haz de luz recorriendo el local; un punto rojo casi imperceptible que se movía de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo, buscando algo, un objetivo. Era el dispositivo infrarrojo de un arma, no lo dudé ni un minuto. No pasaron más que segundos cuando vislumbré la pronta desgracia: ese punto iluminaba la frente de B, el cual se veía muy serio hablando con L, contándole quizás qué confidencia.
No lo dudé, estiré un billete de diez mil pesos en la mesa y salí raudo del local. El haz de luz venía desde una ventana. Ahí pude ver a un hombre apostado con un rifle láser. Si no actuaba todo acabaría en desgracia. Miré al suelo y tomé la primera piedra que encontré: con fuerzas la arrojé al lado de la ventana donde se encontraban L y B. Los vidrios se trizaron. A continuación todo se acelera, pero en fracciones de segundo.
L se levanta de la mesa y me mira con odio, apunta con su mano y todo el grupo se pone en alerta. Me van a triturar si no arranco, pienso. Miro en dirección a la ventana y veo que el francotirador ha desaparecido, ni un rastro ha quedado de él. Por lo menos he evitado la desgraciada, pero no dejó de cuestionarme quién pudo haber sido el artífice del frustrado atentado. Debe haber una equivocación. Debieron haberme mandado a uno de los tantos pasados posibles que nunca existieron. Esos que están ahí sentados no son los verdaderos L y B que la historia ha registrado en sus libros.
Pero ahí están, frente a mí, el grupo, los garzones, los guardias, insultándome, todos apilados en la puerta de entrada. En la calle algunos peatones se detienen para contemplar el escándalo. Una mujer toma un celular y hace una llamada. Un hombre calvo y enorme se me acerca y no con buenas intenciones. Me toma de la chaqueta, y yo al retroceder hacia atrás caigo. Caímos juntos, rodando en el piso. Le pego un codazo en el estómago y aprovecho de correr. Escucho tras de mí gritos e imprecaciones. Corro. No sé hacia dónde. No hay tiempo para mirar mi mapa virtual. No hay espacio suficiente como para terminar de redactar esta crónica. Habrá que dejarla en bruto. Me meto en el borde lateral de un pabellón abandonado y comienzo a relatar rápidamente todo esto a una grabadora portátil que llevo en caso de emergencia. No debo dejar ningún rastro de mi presencia. Retiro de mi suela el aparato teletrasportador. En unos segundos me habré desvanecido en el aire y todo habrá terminado.
(fragmento de escrito que aspira a convertirse en novela)
19 de julio de 2009
Timothy Treadwell (1953-2003)
As a cowboy i knew in south texashis face was burnt deep by the sun
part history, part sage, part mexican
he was there poncho villa was young
and he'd tell you a tale of the old days
when the country was wild all around
sit out under the stars of the milky way
and listen while the coyotes howl
they go: woo yip whoo yip woo
now the longhorns are gone
and the drovers are gone
the commanchees are gone
and the outlaws are gone
gernomino's gone
and sandbass is gone
and the lion is gone
and the redwolf is gone
well he cursed all the roads in the old land
and he cursed the automobiles
said this is no place for an hombre like i am
in this new world of asphalt and steel
then he'd look off someplace in the distance
at something only he could see
he'd say all thats left now is the old days
damned old coyotes and me
they'd go:woo yip whoo yip woo
now the longhorns are gone
and the drovers are gone
the commanchees are gone
and the outlaws are gone
now quantro's gone
san wantee is gone
and the lion is gone
and the redwolf is gone
one morning they searched his adobe
he dissapeared without even word
but that night as the moon crossed the mountain
one more coyote was heard
and he'd go:woo yip whoo yip woo
said this is no place for an hombre like i am
in this new world of asphalt and steel
then he'd look off someplace in the distance
at something only he could see
he'd say all thats left now is the old days
damned old coyotes and me
they'd go:woo yip whoo yip woo
now the longhorns are gone
and the drovers are gone
the commanchees are gone
and the outlaws are gone
now quantro's gone
san wantee is gone
and the lion is gone
and the redwolf is gone
one morning they searched his adobe
he dissapeared without even word
but that night as the moon crossed the mountain
one more coyote was heard
and he'd go:woo yip whoo yip woo
6 de julio de 2009
Su prominente vida se fue a la mierda
Al prosista lo conocí cuando tenía 17 años. Ambos teníamos nuestras esperanzas cifradas en la literatura, y esperábamos algún día vivir a tiempo completo de ella. Él era unos años más viejo, quizás tendría unos 25. Pasó el tiempo y la historia del prosista parece diseminarse y fracturarse en historias mínimas e infames. Historias tan burdas y groseras que no suscitarían ni el más mínimo interés por parte del lector. Conseguiría fatigarlo con detalles tan poco decorosos, como que le gustaba masturbarse mirando pornografía, pero sólo rusa, pues era la única que lo excitaba. O por ejemplo que utilizó durante un tiempo fármacos para disminuir la seca y repugnante acné que le devoraba el rostro, y no teniendo resultados lo intentó con palta, miel, vapor de la tetera, inclusive dejó de ver pornografía rusa y de masturbarse a diario, y como no le dio resultado, volvió a su ardiente Rusia, está vez encalleciéndose con dureza la palma de su mano derecha, pues llegó a cinco pajas diarias y al hilo. Los consejos iban y venían, pero su cara continuaba con un aspecto lamentable. Pese a su fealdad, nunca tuvo mayores problemas para conseguir mujeres, ya que siempre aparecía alguna, dispuesta a caer rendida en el antiguo juego de las sábanas.El primer cuento que me mostró se llamaba enigmáticamente el 9 y el 8, una historia que aparentaba el juego de billar entre dos contrincantes malolientes y drogadictos, pero que en un momento pasaban a ser las bolas de la mesa, y terminaban todas las bolas echadas, menos la número 9 y la 8. Qué cuento más raro le dije, mientras sostenía el enclenque y mugriento libro antológico que contenía su relato. Explícamelo. Cuando se lo dije me respondió con violencia, los cuentos no se explican, tienes que descubrirlo tú mismo, piensa, piensa un poco carajo. Me di por vencido. Cuando íbamos saliendo del campus de la universidad, me dijo que los números correspondían a una fecha, 9 al mes de septiembre y 8 al día 8. ¿No estaba más claro? No, le dije, porque no sé a qué mierda alude esa fecha.
No nos hablamos por un par de años. Más tarde el prosista se fue de la universidad, de la carrera de periodismo donde éramos compañeros, y apareció un día publicado por la micro-editorial independiente La Caravana, con un libro de cuentos titulado Llagas, su primera publicación seria. Yo por ese tiempo trabajaba en una empresa de celulares donde mi rol era el de relacionador público. Tenía que ir a dar charlas a distintas empresas y hablar mil y una maravillas de los productos, tenía que redactar boletines informativos internos, organizar y dar las directrices al departamento de atención al cliente, coordinar el departamento de publicidad con el departamento de ventas, recortar prensa, analizar la competencia, dar cuenta mensualmente a los gerentes de los avances, y en resumidas cuentas, otro cúmulo de mínimas tareas devastadoras que de seguir enumerándolas terminarían agotando la paciencia del lector.
Recuerdo que llamé varias veces desde la compañía, pero no lo pude ubicar por meses. En ese tiempo había leído en la prensa un par de reseñas más de su libro, y por una que me entusiasmó mucho, me decidí finalmente a comprarlo. Cuando viese al prosista, tendría la posibilidad de destrozarlo o felicitarlo por su trabajo, dependiendo claro está, de si su libro me provocaba algo. Pues bueno, cuando lo leí quedé sorprendido gratamente, especialmente por tres cuentos. El primero se trataba de dos hombres que recorrían las calles desiertas y ruinosas de una ciudad incierta en busca de un antiguo bar. Al final debían arrancar porque aparecía la policía disparando contra todo lo que se moviera. El cuento finalizaba en un río insalubre, donde los hombres nadaban para salvarse y trataban de no ser descubiertos por los perros guardianes. El segundo cuento me llegó mucho, parecía que estaba escrito para mí: un hombre desesperado ante la rutina y el encierro decide saltar al vacío desde un rascacielos, desde una altura infinita que no le permite divisar las calles de la ciudad, hasta el momento final de su estrepitosa caída. El tercer cuento es la historia de un hombre enamorado de un fantasma, una alegoría, al menos así lo entendí yo, a la esperanza que tenemos por un paraíso remoto, por la búsqueda de contraer nupcias con una pareja, por volver al vientre materno, en otras palabras, por tratar de recuperar lo irrecuperable.
Al prosista no lo vería en mucho tiempo más. Cada vez que concertábamos un encuentro, la compañía decidía trasladarme a alguna oficina lejos de la capital. De todas formas, mientras me esforzaba día a día en ganarme mis pesos, las noticias del prosista seguían en aumento: ganó el premio de la universidad para ex-alumnos, luego el premio municipal, luego un certamen internacional para autores jóvenes. Cuando lo llamé para felicitarlo por otro galardón suyo -no recuerdo cuál fue específicamente- me dijo, ¿sabes cuál es el truco? Participar a concursos de provincia, y lo que es mejor, presentarte como escritor de provincia. En provincias no hay escritores de verdad, no hay una apuesta narrativa, sólo poetisos vanidosos y mediocres. Le respondí en tono de sorna: ¿Así que quieres ser un escritor provinciano?, no, se apuró a contestarme, yo quiero ser un escritor aparentemente de provincia, pero en el fondo aspiro a ser universal, no te hablo de fama ni de dinero, te hablo de ambición, de escribir algo bueno, de trazar un proyecto a través de la literatura, y no dedicarme a escribir novelitas provincianas.
Pasaron días, meses, años, siglos. Yo seguía varado en la empresa, y había conseguido publicar un pequeño librito de poemas, el cual en realidad era más un regalo para los amigos que el intento de hacer una carrera literaria. Supe por un amigo del puerto que el prosista vivía con una estudiante de filosofía, que tenían una hija, y que ahora se había vuelto todo un cabrón, en el buen sentido de la palabra, claro. Había dejado su afición al alcohol y escribía y leía como un poseso. En ese año publicó su segundo libro, en realidad un libro-objeto, Imágenes ancladas en la arena, el cual consistía en una cajita de madera color azul que en su interior contenía distintas postales, todas con imágenes de su ciudad pero acompañadas de textos a medio camino entre la narrativa y la prosa poética.
No estaba mal, el prosista había dejado su camino intempestivo de literatura visceral y ahora se había convertido en una especie de Cortázar provinciano, de un pacifista o de un naturalista que se había convertido al vegetarianismo. Buenos textos, pero desabridos, como naturalezas muertas de mal gusto, como de esas que haces cuando te las obligan a pintar en la escuela.
¡Rotundo error el mío que me haría tragarme mis palabras! Tiempo después apareció su tercer trabajo; Mansión deshecha, una novelaza que ganó varios certámenes y varios críticos del país la señalaron como la mejor del año. Esta vez no me molesté ni en llamarlo, en cambio corrí rápidamente a la librería y la compré. Ni siquiera pedí que me la envolvieran con el fino celofán del local, pues apenas salí de lugar, ya llevaba la novela ante mi nariz y no paraba de leerla. Lo primero que me llamó la atención, fue que por primera vez el frío y calculador amigo le dedicaba algo a una mujer que no fuera su madre, a mi mujer y mi hija, rezaba al abrir la novela. Pues bien, como iba diciendo, ese día tomé la novela y me metí en un café, pedí unas tostadas, un té, y acto seguido me devoré con mucha sorpresa y fascinación la novela. Era de noche cuando abandoné el lugar y ya había avanzado más de la mitad en el libro. Recuerdo que sentí una sensación de aturdimiento, como que el prosista había pegado un salto tremendo y casi definitivo en el oficio de la escritura. Ahora sus temas maduraban, su prosa era más límpida, y parecía que cada línea era una imagen poética confusa, repleta de sonidos y olores, porque eso era lo que quizás pretendía; fotografiar y retratar el puerto de su provincia, encerrar en un texto los nombres de sus calles, los miserables héroes locales, sus olores a frituras y a prostitución, sus imágenes de perros vagos cagando en la calle, los grupos de travestis atravesando el estero y sumergiéndose con sus amantes en el mar o enterrándose en la arena con sus penes flácidos y sus anos dilatados. Mansión deshecha era el testimonio vivo de un alma paseante –nunca sabemos quién es el narrador- a través de un puerto de provincia con su antiguo esplendor ahora añejo, con sus colonias extranjeras y pujantes de antaño convertidas ahora en desastres, con sus monumentos a los héroes americanos ahora abandonados en una plaza solitaria. Una ciudad con doscientos años de historia, y que ahora comenzaba a descascararse con la triste oleada del tiempo.
No sé en qué momento la prominente vida del prosista se fue a la mierda. Me contaron que lo vieron borracho en una cantina, solo, apoyado contra la barra, blasfemando en contra de los comunistas y los militares. Otros, no sé si más fantasiosos o realistas, me dijeron que estaba así tan mal porque llevaba mala junta, que unos fantoches y facinerosos vestidos elegantemente le pagaban sus borracheras, que no bastando con cancelarle sus deudas en todos los bares, lo atosigaban de tanta bebida. Que en una ocasión los vieron llegar de noche en un automóvil a su departamento, con un contundente cargamento de alcohol, y que todas las semanas aparecían sagradamente con el licor, para que el prosista se emborrachara y luego dejara de golpe el alcohol y cayera en un lamentable delirium tremens, un detonante de locura que terminaría con su existencia. Como había pasado mucho tiempo sin hablarnos, decidí establecer contacto a través de correspondencia. Los primeros correos no me los contestó, pero el día que menos pensaba me llegó su respuesta, y decía en pocas líneas que estaba con el agua hasta el cogote, que su mujer y su hija lo habían abandonado, que «unos tipos» querían matarlo a base de su vicio, que hace meses que no leía ni escribía nada. Que iban a desaparecer muchos, incluido tú, me respondió. Al final pedía que nos juntásemos, pero yo no podía, que los viajes, que las comisiones, que mi nueva familia, que no había tiempo. Aunque a lo mejor yo nunca lo quise ver, y para engañarlo a él y a mí mismo, utilicé como subterfugio cualquier excusa.
Uno nunca sabe del todo lo que quiere. Leí a un psicoanalista belga el cual decía que nuestra mente elucubra y maquina ideas en dos planos; el primero es el que nunca nos contradice, y el segundo, que vendría a ser una zona sombreada y difuminada, posee una voluntad autónoma, una inteligencia oculta a nuestra conciencia, pero que sólo los hombres más espirituales y disciplinados logran desentrañar y dominar. Puedo abominar de la pedofilia, pero secretamente estaré deseando poderosamente a un niño. Aún así, dentro de esa voluntad se encuentran otros dos planos, y así puede seguir la grieta mental hasta niveles insospechados, como si fueran las plúmbeas capas de una cebolla infinita.
Esta historia ramificada termina convergiendo en un solo punto, en un punto detestable y miserable. Pasó mucho tiempo sin que supiera nada del prosista, dejó de contestar los correos, nunca más lo pude ubicar a su celular, y cierto día que pude entablar contacto telefónico con su ex-mujer, me comentó escuetamente que ahora velaba por el futuro de su niña, que el prosista no tenía vueltas, y que si yo era tan amigo de él porque no me preocupaba más y lo sacaba del pozo en que se encontraba. Luego me cortó de golpe.
Estaba paranoico, de eso no tenía ninguna duda. Me persiguen, a ti también te perseguirán. ¿Qué hacía que creyera en esos delirios? ¿Cuáles eran sus falsas premisas en las que se movía?
Un día, mientras salía de la ducha y mi esposa me servía el desayuno y me tendía el periódico en la mesa, leí con estupefacción la triste noticia. Derramé el poco café que me quedaba, dejé las tostadas a medio comer y me levanté en silencio de la mesa, me dirigí a mi cuarto, y me recosté en la cama. Sentí un poco de escalofríos. Náuseas mejor dicho, algo que me recorría el estómago. En un momento pensé que iba a vomitar. Mi esposa apareció por el marco de la puerta y me preguntó si es que estaba bien. Le dije: “me resfrié. ¿Podrías avisar al trabajo que me ausentaré?” No me dijo nada. Cerró lentamente la puerta y apagó las luces del pasillo. Ese día comencé a escribir mi obra y mandé todo lo demás a la mierda.
(fragmento, de mi novela inédita El síndrome de Gernsback)
22 de junio de 2009
Y yo era su sombra
La religión es el opio del pueblo. Es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el corazón, de un mundo sin corazón. (Karl Marx, Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel)Quien tiene el arte y la ciencia, tiene la religión. Quien no tiene el arte y la ciencia, que tenga la religión. (Johann Wolfgang von Goethe)
Durante varias semanas revisé la exhaustiva bibliografía de Ananda K. Coomaraswamy. Tuve que recurrir muchas veces al inglés, y otras pocas veces al alemán. Ayudado por un diccionario de terminología crítica, logré descifrar ciertas inquietudes que me exasperaban el juicio. La pretensión de todo academicista es elaborar un manual propio con un lenguaje particular, aprehensible para quién lo redacta. La operación sin embargo, en este terreno se redoblaba en dificultad. Una gran parte del pensamiento presentado por Ananda provenía de fuentes védicas, y en escasas ocasiones, chinas. La labor de retraducirlo en palabras inteligibles me llevó a reformular mis principios. Debajo de mi cuarto, una vieja reproducción norteamericana de una obra teatral alemana, traducida por Anselmus Brax, se repetía en mi cabeza como un mantra: Gewöhlich glaubt der mensch, wenn er hur worte hört, Es müsse sich dabei doch auch was Denken lassen. (Con frecuencia creen los hombres, cuando escuchan sólo varias palabras, que se trata de hondos pensamientos).
La fuerte acumulación de conceptos se sedimentaba con furia en mi cabeza. San Ignacio de Loyola entendió que la purificación del espíritu se encontraba por medio de la mortificación de la carne. La materia, emanación o reflejo de un largo proceso biológico, no es más que una proyección mental emanada de Dios. Por lo tanto yo quería saber qué entendía respecto a esto una religión no teísta, como era el budismo.
Luego de escabrosos meses en que me sumí en una aletargada y estéril búsqueda, decidí ensayar el proyecto de una novela. Pensaba, ingenuamente, que la elaboración de un mundo del cual yo creía conocer bien sus leyes y principios, me entregaría casi como por inercia las respuestas que necesitaba.
Por ese tiempo me confiscaron mis escritos, quemaron mi disco duro, me robaron un par de libros de mi biblioteca. Una mañana desperté en una incómoda postura; me habían amarrado los brazos y las piernas. Pero seguí adelante.
Proseguí con el proyecto de mi novela, que se titularía Las vibraciones de la sombra. Adentro de ella escribí, a la manera de la historiografía, todos los lugares que había visitado, todas las personas que había conocido, todos los libros que había leído, toda la música que había escuchado, todo el cine que había visto.
Janus Maxwell, teórico de la psicomnésis, enseñaba en un detallado tratado la manera de recuperar la memoria perdida. Durante la vigilia, existe un mecanismo dormido que es capaz de activar todo nuestro pasado. Nuestro consciente, que constantemente es empujado a crear una imagen, una figura, un yo, se encarga de apagar ese mecanismo. A mayor personalidad, a mayor afirmación del ego, mayor es el embotamiento psíquico en el que nos encontramos. Este despertar se podía lograr con un entrenamiento poco ortodoxo para nuestra cultura: la meditación. La meditación, olvidarse de uno mismo. Fernando Pessoa, que se movió en círculos esotéricos, promovió discretamente el pensamiento metafísico de la disolución de la unidad en el todo. Escribió en el sugerente poema Há metafísica bastante em não pensar em nada, bajo el heterónimo de Alberto Caeiro: Mas se Deus é as flores e as árvores/ E os montes e sol e o luar, /Então acredito nele, / Então acredito nele a toda a hora, /E a minha vida é toda uma oração e uma missa, /E uma comunhão com os olhos e pelos ouvidos.
Ello me otorgó la clave. Sin embargo, tuve que recurrir a sustancias químicas que casi me destrozaron el cerebro. La droga, de cuyo nombre no debo acordarme, me hizo recordar en un aluvión de imágenes toda mi vida, como si fuera una enorme flor salpicando pétalos de carne, girando a la velocidad de la luz. Tras cada sesión, que en tiempo real debía durar tan sólo unos minutos (y en tiempo mental se extendía por meses) debía ser sujetado firmemente de los brazos por mi maestro Eneda Karusotka. Me golpeaba con una vara de roble en el cuerpo y luego, con ayuda de sus discípulos, me sumergían la cara en una enorme vasija de cobre repleta de agua hirviendo. Cuentan que varias veces volví horrorizado, diciendo que era un espíritu del pasado que se había apoderado de mi cuerpo. Ellos entendían que sólo era una perturbación psíquica producida por la inmersión irresponsable en estados anteriores de mi vida, que debieron haber sido olvidados pero que yo recordaba a la fuerza. Encarnaba ficciones o recuerdos o sueños. Por suerte me devolvían a mí mismo, pero me recordaban que yo sólo era la construcción de un mundo ilusorio en permanente cambio.
"Lo que has experimentado, es el producto de la rapidez de tu accionar. Nosotros somos capaces de llegar parcialmente a desvincularnos de la ilusión del yo, pero eso requiere mucha fortaleza espiritual, una comunión completa de todas nuestras células en constante interconexión."
Paralelamente iba anotando todas las impresiones que tenía de estos viajes al interior de mi mente. La novela fue perfeccionándose, pero comenzó a adquirir una envergadura espantosa. Llevaba alrededor de cuatro tomos, de mil páginas cada uno. Yo no sabía muy bien por qué los monjes me ayudaban en mi proceso. Pero poco a poco fui desentrañando una verdad. Ellos me apoyaban a cambio de conseguir una manera de despertar conciencias, de manera más rápida y efectiva. En el mundo existía una jerarquía muy clara. Arriba estaba Buda y debajo de él, el Bodhisattva. Los seres a punto de despertar. Más abajo estábamos todos los mortales encerrados en la cárcel ilusoria del ego. El camino de los iniciados podía ser muy arduo y lento. Buda ya había aparecido en Nepal, porque el combate cósmico pronto se iniciaría. ¿Cuándo? Muy pronto, sentenciaron. El último avatar, el martillo de guerra, la lanza penetrante, el rayo destructor, la furia y la locura, había nacido en el siglo XIX en Austria, y se había llamado Adolf Hitler.
Sentí pánico, náuseas, asco. Lo que pretendía esta secta de fanáticos escapaba a mi entendimiento. Pensé en sacar mi revólver y matarlos a todos, ahí mismo, en el templo. Lo hice. Apunté a mi maestro directo a la cabeza. Jalé el gatillo y cerré los ojos. Pero no pasó nada. Ante mi sorpresa, un joven se acercó y abriendo la palma de su mano, cayeron todas las balas al suelo.
"Lo habíamos previsto, podemos mirar un futuro cercano, potencial e hipotético, con un margen escaso de error", dijo mi maestro. A continuación se levantó de la alfombra y se sentó en posición de loto.
"Lo habíamos previsto, podemos mirar un futuro cercano, potencial e hipotético, con un margen escaso de error", dijo mi maestro. A continuación se levantó de la alfombra y se sentó en posición de loto.
Hay muchas cosas que aún debes entender, sentenció con frialdad. Luego se levantó, me tomó de las manos y me abrazó.
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