10 de enero de 2011

Extracto de una hipotética novela

Al comienzo, la madre de Alonso le limitaba el uso de la cámara, debido a lo cara y frágil que era, por lo cual ella misma se encargaba de supervisar las exploraciones de su hijo con el aparato, restringiendo que por ejemplo, en un ataque de entusiasmo, el niño quisiera llevarla fuera de casa para filmar a los escasos autos que atravesaban la avenida central. Lo primero que filmó, o lo primero que recuerda Alonso Luna, fue un pequeño corto de tres minutos, en plano secuencia, donde salía un árbol de navidad atestado de regalos, repleto de luces de colores y adornos; a un costado corría un pequeño trencito de juguete. Alonso le pasó una panty de media a su hermano Carlos y le dijo que se la pusiera en la cabeza. Para darle un aspecto más fantasmal aún, le colocó un  costal de papas en el cuerpo, amarrado con una soga en la cintura, que haría de cinturón. El corto se llamó El Monje Loco se come un tren. En los primeros minutos se ve el tren dando vueltas una y otra vez por el riel. Se escucha el sonido que emiten las lucecitas del árbol de navidad, sumado al ruido de la locomotora y sus bocinazos. En el último minuto aparece el Monje Loco, un gigante, que según la voz en off (leía en un papel garabateado por el mismo Alonso) se había escapado de la cárcel de la montaña, donde lo habían encerrado por alterar el orden público. El Monje Loco (Carlos) se golpeaba el pecho imitando a King Kong, mientras miraba fijamente a la cámara. Luego se lanza al suelo, y gateando lentamente tomaba al tren con sus manos y se lo introduce por la boca. Luego la cámara hace un corte, para mostrar a continuación un primer plano con pequeños muñequitos humanoides lanzados en el suelo, manchados totalmente con tempera roja, formando un charco de falsa sangre que dice THE END. Los muñequitos eran realidad figuras del pesebre familiar, más algunos soldaditos de plomo que tenían los hermanos. Cuando les enseñaron la película a los padres, en una cena familiar, los chicos estaban tan entusiasmados que gritaban coléricos en varios tramos de la pequeña película. Los padres parecían celebrar las ocurrencias, menos el final, en el cual la madre reprendió a los niños, diciendo que no debían utilizar figuras religiosas para tales fines. Y menos, mucho menos, mancharlas con tempera roja. Los mandó castigados a su habitación, diciendo que al día siguiente deberían limpiar a las figuritas del pesebre y volverlas a pintar con los colores que les correspondía.

16 de diciembre de 2010

Tifón. Novela. Ediciones Xipe. 125 pp. Encuadernación: en rústica cosida a mano

(comentario de una de las tantas novelas de Robles Martínez)

 

En el primer capítulo se habla sobre un viento que aparece en una zona rural, pero que no se deja caer en cualquier ocasión, sino sólo cuando va a ocurrir una catástrofe en algún lugar del mundo. Se nos describe el pueblo completo; la plaza cívica, el largo río que atraviesa el valle, el bosque de pinos aledaño a un cerro, la gruta de una virgen milagrosa en una perforación terrestre, un largo camino donde salen y entran camiones cargados de plata y oro. El viento, se presume, está por aparecer.

En el segundo capítulo aparece una muchachita que llega a una cabaña empapada por la lluvia. Se tumba sobre un sofá. Un campesino entra y trata de despertarla, pero no reacciona; parece ser que su cuerpo estuviera “paralizado, como una mosca inerte sobre el excremento”, y su mente se encontrara “agujereada por el agua”. El campesino toma de la mano a la muchachita, y sin decirle ni una sola palabra, le seca el pelo con una toalla. La escena se descompone. El narrador comienza a divagar en torno a la conexión que existe entre la soledad y el viento. El campesino balbucea un incoherente monólogo, que habla sobre las clases de viento, las clases de cosecha, las clases de siembra, sin hilar las ideas, de manera caótica, desparramada. Con esto termina el segundo capítulo.

“Antes de la extracción de las cuatro muelas del juicio le dan una pastilla amarilla, que sumada a la anestesia local, dejan al operado prácticamente knockout. Su madre no es quien vela por él, si no su novia, que con estoicismo se desvela para darle sus medicamentos.” Con esa frase comienza el tercer capítulo. A continuación se nos explica que se trata de un joven universitario que tiene diversas alucinaciones, provocadas por diversas drogas que prueba, supuestamente para calmar los fuertes dolores que sufre en su mandíbula. Al cierre del capítulo, se describe un delirio en el cual el joven ve un viento enorme que asola una ciudad completa.

En el cuarto capítulo vemos a un niñito que desde su balcón se hace distintas preguntas: «¿Porque dos personas se abrazan en medio de la placita? Van caminando y se toman la mano y se dan besos, ¿por qué? ¿Por qué el viento me habla a mí y me dice que me arroje por el balcón? ¿Me quiere llevar hacia algún lugar?» El niñito desaparece del balcón y a continuación la casa se derrumba. Nadie ve la escena, sólo el narrador, que paulatinamente se va asemejando cada vez más a una presencia invisible que lo envuelve todo.

En el quinto capítulo, y final, se narra minuciosamente a un tornado que borra de la faz de la tierra un pequeño pueblo rural. En ese pueblo no vive nadie, sólo fantasmas que deambulan entre las casas, esperando una señal o algo que los saque de su condición espectral. El narrador cierra su relato con una antigua fábula que cuenta la historia de un mercader errante, el cual va recolectando los anillos de distintos matrimonios deshechos. Algunos creen que lo hace porque en su afán de codicia, quiere fundir el oro y fabricarse una enorme torre para desposar ahí adentro a una doncella virgen. Otros, son partidarios de que el hombre está atormentado por una antigua mujer que lo abandonó, y que a modo de venganza pretende entregarle un saco lleno de sortijas de matrimonio. Al final del relato, el hombre se encuentra con un juez que le confisca toda su mercancía, acusándolo de no haber pagado los impuestos al rey. Es entonces cuando el mercader explica que ha reunido esos anillos porque una voz le ha anunciado el fin del mundo, pero que sólo se detendrá si él entierra en una colina todo el botín que ha ido recolectando a lo largo de los años. El juez se burla en su rostro, y lo hace azotar por farsante. Ya sin ningún dinero, y con la espalda deshecha por los latigazos, el comerciante vuelve a su pueblo natal y sube a la colina donde tenía que enterrar el tesoro para salvar al mundo. Al llegar al lugar cae de rodillas e implora a la voz que lo perdone, que lo intentó todo pero que el destino le fue adverso. Es en ese momento cuando aparece un gran viento que destruye a todo el poblado, menos a él, que se encuentra en un lugar tan estratégicamente ubicado, que sólo siente una brisa suave y reconfortante.

24 de noviembre de 2010

Huellas (apuntes desclasificados de El Secuestro)


1. Todo lo que tiene que decir el Mayordomo, lo dice en las primeras cinco páginas.
2. En un aparte de la novela se abre una agujero hacia una dirección impensada: atención cuando se habla de un pintor y una secta de chiflados.
3. En realidad la novela está totalmente agujereada hacia múltiples direcciones.
4. Existe una extraña conexión entre Robles Martínez y Maurice Chobart. Esa relación se revelará pronto.
5. El Secuestro transcurre en una ciudad latinoamericana a comienzo de los años 60.
6. El policía Humberto Cáceres se dirige a Referencias Autorales a buscar los archivos de Robles Martínez, pero encuentra la carpeta vacía.
7. El contenido de esa carpeta está resguardado bajo siete llaves. Muy pronto se tendrá noticias de ésta.
8. El Secuestro no nace en la primera página y muere en la última. Es posible hallar material perdido en otras fuentes.
9. El hipotético hallazgo de estas fuentes es exclusiva responsabilidad e interés de parte del lector.
10. En la primera parte de la novela se menciona apenas el nombre de un policía, no teniendo mayor injerencia para el resto de la historia. 
11. Sin embargo, este personaje será clave en una novela posterior.
12. El Secuestro no es una pieza más en una larga continuidad de historias. Es apenas el punto cero, el arranque para otras historias que se desarrollarán en el futuro y en el pasado, de forma simultánea y secuencial.
13. El Secuestro no es parte de un universo cerrado, sino al contrario: pertenece a un mundo que se abre y se cierra a diversos intersticios, a multiversos que descansarán en distintos soportes.

(...sigue...)

8 de noviembre de 2010

Go to hell



"Mi mano puede dar en la mejilla de una mujer, pero el abofeteado seré yo, porque habré violentado mi dignidad" Antonio Di Benedetto

La primera bala ingresó por el hombro derecho, quedándose enquistada entre la articulación de la clavícula y el acromion. La segunda fue mucho más certera. Entró de lleno entre ceja y ceja. Hubo salida de bala. La sangre y los sesos mancharon una reproducción de Manifiesto autorretrato, de Maurice Chobart. Aquél, silencioso en el trabajo, no levantaba nunca la voz. Sus compañeros no sabían si era por timidez o por algo más. Probablemente era un hombre quitado de bulla, silencioso, el extraño más extraño entre los silencios que conformaban su enclenque figura. Había ascendido a gerente hace menos de un año. Hombre trabajador, serio, bien trajeado y perfumado. Sus hijos lo atendían parsimoniosamente, llevando la atención a exquisitos y exagerados detalles: le dejaban las pantuflas junto al diario dominical, un café bien caliente y el cenicero de hueso, traído desde el extranjero. Sin embargo, aquella tarde del sábado, su nervuda mano dio tres veces contra el rostro de su mujer. No era la primera vez, ciertamente. Eyaculó en su pelo y en su ropa. La mujer, aturdida ante el sistemático zamarreo, tuvo que succionar su pene hasta dejarlo totalmente limpio y seco. 

Fernando Bruna, el detective que investigó el caso, observaba una y otra vez la fotografía del difunto. Era como si sus facciones -la cara delineada y sombreada por las luces- portaran el ADN de aquellos hijos de puta que gozaban violentando a las mujeres. ¿Eran esos ojos inexpresivos? ¿esa boca desprovista de sonrisa? Todos compartían el mismo rostro, como si fenotípicamente se engarzara esa patética cara entre los millones de golpeadores de mujeres del mundo, sin importar etnia ni religión ni cultura. En la última gresca, el hijo de aquél había decidido acabar de una vez con la bestia. Lo cercó en su laberinto, aprovechando su avanzado estado etílico. No costó mucho. Su cuerpo y su espíritu temblaron, al unísono.Jaló dos veces el gatillo de la escopeta. La bestia se desparramó frenéticamente.Ya está. Que ni en paz descanses.

5 de noviembre de 2010

Esbozo de Robles Martínez


Una portada de un libro de Robles Martínez.

Primero fue en antigua reunión de amigos. Hablábamos de gente extraña, de seres ocultos que habían elaborado una obra secreta, más secreta aún que la propia existencia de ellos. El tema redundaba en torno a personas frágiles que habían pasado totalmente desapercibidas en el desafiante ambiente cultural de aquellos años. Entiéndase desafiante como amenazante, signos de una época en la cual todo transcurría de manera más lenta, con riesgos duplicados ante la creciente paranoia. No existía la autopromoción, ni los bombos y platillos orquestados por algún agente de la cultura.

Lo segundo vino después, en el alba, pero antes de pasar al segundo, elaboremos con más detalle el primero. Imagínense una reunión de amigos; hombres bebiendo algo alrededor de una mesa y hablando sobre variados temas en algún lugar de la tierra. Uno habló de la secreta obra de Jim Mendonza, pintor autodidacta, fallecido en ambiguas circunstancias. Otro mencionó a un tal Maurice Chobart, investigado por la policía desde hace años. Nadie sabía aún su real paradero.Un tercero, que sucede cronológicamente al momento segundo, dijo que el caso de Robles Martínez era aún más llamativo que los anteriores mencionados: Cobran una millonada por sus libros, aunque no lo crean amigos, de verdad, quizás exagere un poco.

Lo interrogamos el resto de los presentes, unos con miradas, otros con palabras farfulladoras y quebradas: Aunque parezca sacado de una mala novela, o de un buen cuento, o de una mediocre película, pero la verdad amigos míos, es que Robles Martínez prácticamente no existe. Con esto quiero recalcar que en realidad están sus obras, aún se puede encontrar una que otra en algún viejo puesto de saldos. Pero si consideramos que no tiene partida de defunción, ni siquiera alguna lápida perdida en un enmohecido cementerio, entonces su existencia física es puesta en duda. Al menos que su ser físico exista en este universo. Ello puede dejar abierta la posibilidad de que sus libros hayan sido enviados desde un universo paralelo al nuestro.

El que hablaba de esa forma exagerada, un poco rocambolesca, como extraído desde algún guión no muy bien elaborado, agregó que en algún mercado clandestino se cotizaban los libros de Robles Martínez que nunca habían visto la luz. ¿Cómo es eso? Se refería a obras que no habían sido comercializadas de manera pública, disponibles para cualquier transeúnte con el dinero necesario para adquirirlas. Son auténticas obras de arte, remató.

Lo segundo viene después del alba. Entre lo primero y lo tercero.

Nuestro amigo, luego de aburrirnos con una larga digresión en torno a la obra, el arte y su autenticidad, pude percibir que en verdad ni siquiera hablaba de algo normal. Me explico mejor. Cierto escritor español, de cuyo nombre no quiero acordarme, ideó en la ficción un libro que era capaz de asesinarte tras ser leído. Esto en la ficción, en el mundo de las letras. Pero la gran apuesta de Robles Martínez, en la realidad, fue que generó una especie de terrorismo cultural con sus obras. Supuestamente, quien era expuesto a las líneas de sus libros por algún tiempo, podía enloquecer. Sabemos que hay libros buenos, para relajarse, (¿con efectos sanadores? quizás sería llegar muy lejos al arriesgar tal hipótesis) con una carga energética positiva entre sus líneas. Jung se expresó con más propiedad de este tema en su Über psychische energetik und das wesen der träume, pero el que llevó más lejos esta teoría fue el místico alemán Gimmel Hizarrk, famoso por su obra Das Buch der Gartenzaun, en la cual intenta demostrar que las obras de arte abren puertas mentales a ciertas ideas arquetípicas que descansan en nuestro inconciente. Hizarrk bosquejó la idea de que una determinada disposición simbólica podía provocar la locura en el receptor de la obra. Pero no me explayaré más referente a este tema, del cual existe abundante bibliografía.

Lo segundo, lo que venía después del alba, es la posterior recreación, o en palabras más exactas, la escenificación de las obras de este autor. Pude encontrar un par de obras en una polvorienta librería de Valparaíso. Novelas que no tenían nada de extraño si se las leía distraidamente. Entonces mi búsqueda se inició ahí, tomándome como desafío el hecho de glosarlas una a una, para ver qué pasaba. Ingenuamente creía que de esta forma podía acercarme de una u otra forma al preciado botín de Robles Martínez; aquellos libros que enrarecían la mente a quienes los leyeran. Sin embargo, tal cosa no ha sucecido, hasta la fecha en que redacto esto.

28 de octubre de 2010

El año

El año de las turbulencias. El año del terremoto. El año del colapso nervioso. El año de los maremotos. El año del desencanto. El año del debut. El año de las microeditoriales. El año de los payasos. El año de los fariseos. El año de los charlatanes. El año de los jóvenes. El año de las mutaciones. El año del año. El año de los robots. El año de los policías. El año de los bebés. El año de los ladrones. El año de las películas. El año de los zombies. El año de la informática. El año del ano. El año de la paranoia. El año de la explosión. El año de las protestas. El año de la expansión. El año de los enanos. El año del revólver. El año de la familia Fontberry. El año de la dilatación. El año del espejismo. El año del oasis. El año de la mano.El año de la comezón. El año del hígado. El año de Bolaño. El año de la contracción. El año de las multinacionales. El año de la despedida. El año de los ancianos. El año de la risa torva. El año de aquellos sentados, alrededor de una mesa, jugando al póker.

1 de octubre de 2010

Rococó



Nunca he sido demasiado bueno para adornar las paredes de las distintas habitaciones que me han contenido en mi vida. Si mal no calculo, han sido por lo menos unas cinco o seis viviendas en las que habité por diversos episodios que no viene al caso relatarlos ahora. Lo que yo quería decir es que nunca fui bueno en aquello, en lo decorativo. ¿Poner fotografías de mujeres desnudas? Siempre me pareció de mal gusto. De niño sentía un poco de rubor al entrar a otras habitaciones, con sendos pósters de la cuarta, la bomba 4, o playboy. Una fijación rayana en la estupidez y la ordinariez. Mujeres con tetas flácidas o siliconadas colgando como monolitos en abismos y quebradas imposibles. Imágenes sin la autenticidad de un verdadero desnudo fotográfico, pulido a fuego vivo en el laberinto de luces y sombras.

Distinto es el caso de las ilustraciones o reproducciones de pintura. En mi primera pieza tenía algunas imágenes de Luis Royo. Pero Luis Royo era demasiado, no sé cómo decirlo, era demasiado pop y perfecto en sus detalles, pero sus mujeres parecían muertas, demasiado arquetípicas, como si el ilustrador hubiese estado toda la vida dibujando una y otra vez a la misma mujer, pero disfrazada de guerrera épica, astronauta o ángel.  No hay tensión en su trabajo. No hay nada nuevo. Si ahora tuviera que elegir a un ilustrador, no dudaría en poner imágenes de Suehiro Maruo, aquel dibujante japonés que lacera hasta la exageración la carne humana, repleta de gusanos y vísceras fosforescentes. Pero Maruo y Royo son cosas tan distintos como un cuarto de queso de libra y un jugo de ranas. 

Pero la idea no era ponerse a describir el trabajado de otros autores. La idea de todo este escrito era hablar de la pared en blanco. Lo anti-rococó, que no tendría porque ser el minimalismo tampoco. Hablo de otra cosa. Del espacio vacío. Francamente, me ha sido mucho más útil que la foto o la pintura de cualquier autor. Lo digo por aquello que genera la sostenida mirada de un fondo blanquecino, que podría ser verde, azulado o del color determinado de una habitación. Pero ahora me voy a detener en esta pequeña digresión, para ponerme a seguir una novela que tengo por ahí. Más adelante hablaré de paredes.