6 de septiembre de 2010

El cine fantasmático de Alonso Luna

Alonoso Luna consiguió un dinero con Hernán Fontberry para producir su segunda película. Luna había filmado cortos caseros con su propio bolsillo y tras ganar un fondo estatal logró producir su primer largometraje.  Lo que hacía Luna, su producción cinematográfica, podía denominarse como cine de guerrillas, un cine hecho a puro pulso, con actores amateurs, que en realidad ni siquiera calificaban de actores amateurs, eran tan sólo los amigos de Luna y un hermano deportista suyo, que se prestaba para aquellos extravagantes experimentos. Pero Alonso Luna ni siquiera hacía cine de guerrillas, aquel invento norteamericano para designar a autores independientes que no eran del todo independientes.  Lo de Luna era más precario que una película de cine underground, financiada con las migajas de una productora fantasma, que en la realidad aquellas productoras fantasmas eran montadas por productoras grandes y opulentas, disfrazadas de parientes pobres del gran circuito. 

Luna hacía cine de barricadas, o a lo sumo, de basura reciclada de los vertederos clandestinos. Su primer largo, intitulado, Segmentos febriles, relata la historia de un guardia de supermercados, aficionado a comprar chucherías en los mercados libres (como se les llamaba a aquellas ferias de pulgas multitudinarias creadas para paliar la manifiesta cesantía) siendo cliente predilecto de aquellos vendedores ocasionales de lavadoras automáticas estropedas, televisores en blanco y negro, reproductores de VHS, cintas magnéticas vacías, etc. El guardia del súpermercado, solterón, de unos veintitantos años, se entretiene durante tardes enteras a reparar esta tecnología desfasada, obsoleta ante la rapidez de inventos que inundaban los escaparates de tiendas electrodomésticas. La película es muy parca en cuanto a diálogos. Durante la primera mitad, vemos al protagonista ejerciéndo de guardián en un súpermercado, silencioso, casi ensimismado ante la rutinaria tarea. En su hogar, que comparte con la madre y Ulik, su perro, apenas se ve turbado el ambiente soporífero por el zumbido de las moscas, los ladridos del perro y el entrechocar de los palillos de su madre, quien teje una bufanda para la mascota. El protagonista reparte su tiempo entre el trabajo, las compras dominicales de sus chucherías y los escasos progresos en su mesa de disección, donde abre, mutila y revisa sus aparatos. adquiridos a precio de huevo. Ha logrado hacer funcionar una secadora para el pelo, la cual utiliza su madre, un destornillador electrónico, para él mismo, que le facilita sus tareas de mecánico improvisado, y un walkie-talkie viejísimo, que lamentablemente no tiene su par para poder hacerlo funcionar de manera adecuada. Casi al final de la primera mitad de la película, el mutismo soso y reinante se rompe, cuando se provoca un asalto en el súpermercado donde el protagonista trabaja.Tres jóvenes portando máscaras plásticas de animalitos (un león, una oveja y un lobo) disparan a quemarropa a una de las cajeras del establecimiento, ante la lentitud de ésta para entregarles rápidamente el dinero. El protagonista, preso del shock, se esconde tras una puerta lateral, casi al borde del desmayo, incapaz de cualquier acción para intentar repeler el atraco, o al menos para informar a la central de seguridad, que no logra reaccionar con rapidez ante el imprevisto. Planos cerrados filmados con cámara al hombro, le otorgan toda la belleza poética y turbulenta a la escena, coronado con un largo travelling de las distintas cajas del súpermercado y sus correspondientes pasilllos, con las escasas personas tendidas en el suelo o parapetadas tras frigoríficos, al borde del llanto y la desesperación. Luego un corte. Un curioso stop-motion con variante de pixilación, muestra la cara frenética del protagonista, huyendo del súpermercado, atravesando rápidamente la escenográfica ciudad, que se ve gris, casi despedazada, hasta llegar a un enorme potrero. Un primer plano de una radio a pilas destruida. Luego todo se va a negro. Vemos a continuación al protagonista tratando de hacer funcionar su nuevo adquisición, con infractuosos resultados. No sabemos cuál fue el descenlace del asalto al súpermercado, sólo vemos al joven con su oreja pegada a la radio a pilas, tratando de oír algo entre las distorsionadas voces, que se superponen y se anulan, sin lograr entender nada de lo que dicen.
(continúa...)

20 de agosto de 2010

Los catapultos, la novela

Entonces la novela comenzaría así. Jorge Jorge, su protagonista, despierta una apacible mañana recostado en su suave y tersa cama (me imagino que un ser humano se puede despertar de miles de formas, ¿no? Ésta es la más genérica, pero acá viene lo bueno). Se despereza, corre las cortinas (ponemos un rayito de sol con toda la descripción de la escena) se lleva la mano a los testículos en intención acariciadora, bosteza. Todo está en orden, ni un elemento se ha salido de su cauce. Jorge Jorge recuerda que la última noche se bebió solo una botella de pisco, mientras ensayaba torpes cartas de amor a la luz de su linterna (su destinataria no nos interesa por mientras). De súbito siente la voz de su madre (Jorge Jorge es un niño, tiene 19 años, y como la mayoría de los niños de 19 años, sigue viviendo con sus padres) que lo llama a desayunar.

En ese momento las cosas se trastornan, truncándose todo de manera inevitable.

La voz de su madre es la de siempre, fea, aguda, pero cuando se dirige al comedor ve que la cara de su madre repentinamente (de la noche a la mañana) es otra. Es decir, es otra persona, otra figura, que asume la personalidad de su madre. Jorge Jorge piensa velozmente, en fracciones de segundos pero que en términos narrativos se prolongará por decenas de páginas, piensa Jorge Jorge que tiene básicamente dos reacciones ante el hecho: salir de casa como loco, aúllar a los cuatro vientos que no, que esa señora no es su madre; o al revés, disimular lo mejor posible que todo va bien, como si la cosa no fuera con él.

En la primera posibilidad se desarrolla una historia de la locura. Jorge Jorge se tropieza con la falsa madre, la golpea, la tetera se voltea, se quema los muslos, tropieza con una mesa y se rompe una pierna, el gato se prende en llamas, los vecinos se alertan, llaman a la policía y Jorge Jorge termina finalmente encerrado en el frenopático, escribiendo en las paredes con restos de orines y caca. En la segunda posibilidad se desarrolla una historia de la hipocresía. Jorge Jorge se muestra condescendiente con su falsa madre, le hace los mandados sin chistar, obedece a sus más mínimos pedidos, en suma, se comporta como el hijo modelo. Jorge Jorge no sabe si su sumisión es en parte por temor a que descubran su farsa, en parte porque no quiere quedar de loco (desarrollándose así la primera historia), en parte porque no hay otra alternativa, o a lo mejor las tres cosas a la vez o ninguna. Jorge Jorge de todas formas terminaría loco, pero no como loco encerrado, sino como loco suelto.

Todo eso irá ampliamente narrado, en unas veinte páginas, o mucho más. Todo depende de cómo pueda calibrar mi muñeca. Entonces, Jorge Jorge vuelve de un mazazo a la realidad, y es el momento en que debe escoger una postura. La madre falsa sostiene una tacita de café. La madre falsa lo mira desde su bata azulada con ojos desorbitados, con una sonrisa muy  torcida, de mueca muy mal hecha, marginal. Entonces Jorge Jorge escoge la opción menos pensada: la mejor de todas.

¿Se puede imaginar el lector cuál puede ser?

Asesina a su madre. Siempre hay que meter cadáveres en las novelas, así se pone más interesante todo. (Que el lector perdone mi cinismo, pero es un truco antiguo tan usado y manido, que no obstante siempre resulta). Pero los detalles y otros pormenores serán desarrollados en Los catapultos, novelita que francamente ya no pienso escribir. (O sí, la quiero escribir, pero de otra forma, con otro inicio, y otro final, a modo de desconcertar a mi fantasma). 

13 de agosto de 2010

He pensado desarrollar algunas historias...

... Pero no les encuentro los mecanismos necesarios para echarlas a correr. Por ejemplo, hace un tiempo vengo planeando una novelita sobre un grupo de sádicos millonarios que matan por placer. Uno, planea estrangular con un hilo de cocer a una costurera. Otro, bocetea en manidos papeles el asesinato de un nadador mediante envenenamiento por agua. Un tercer fanático (pueden ser tres, o cuatro, o un centenar de fanáticos, eso no importa por el momento) se rompe la cabeza tratando de que un actor porno se fracture el pene. Algún lector ingenuo creerá que estos métodos son fantásticos por la propia inverosimilitud de los enunciados, pero se dará cuenta, si hace las investigaciones pertinentes, que no son tan fantásticos. Son realistas. Pero, ¿para qué escribir realismo? Si ya hay tanto realismo en boga. Por cierto, el realismo es una invención que no tiene más de 150 años. La literatura siempre ha sido fantástica. Pero no quiero perder el hilo (de cocer) sobre esta historia que me gustaría desarrollar. 

Estos sádicos podrían provenir de la mejor clase acomodada; asaltarían bancos por gusto, irían a protestas "para mejores condiciones salariales a los trabajadores" por hobby, estarían inscritos en el Partido Comunista, por joder, y así, cada cosa de estos rufianes, de sus vidas, serían una pura ejecución involuntaria, un goce estético total, casi natural de la pura afectación de sus actos. Porque para ellos todo es pura afectación, o más bien método. Método para cortejar a la amada, método para pedir una línea bancaria, método para preparar croissant con cafecitos. etc. En ese plano, ellos, y sólo ellos,  serían los verdaderos, únicos y posibles artistas. Esto no quiere decir que toda la historia esté desprovista de lógica, o que algún estudiante de arte sea menos artista que los artistas que propongo, pero lo esencial, y reprochable por parte del lector, es que no tenga cada personaje una psicología plenamente elaborada, un mínimo de consistencia esperable. O quizás no, quizás todos los rufianes sean clones, copias de un original inexistente, meros muñequitos que se mueven en el teatro del universo. Al fin y al cabo, son millonarios. Y artistas.
Pero me detengo en un punto central de esta disquisición: he pensado desarrollar algunas historias, y sigo sin desarrollar nada. Cómo me gustaría que algún lector le pusiera un título a la novelita de estos hipotéticos asesinos. Quizás ahí recién me animaría a escribir las primeras líneas.

25 de julio de 2010

El hijo de Leibniz

Sufría de un molesto dolor de encías. Como durante la noche mi perra ladraba, intentaba conciliar mi sueño escribiendo algo, cualquiera cosa. No importaba tanto el motivo como el mismo hecho de escribir. A veces se me aparecía en la cabeza la imagen de un colgado. Este colgado era un niñito que tenía una filmadora en su pecho. Por algún extraño mecanismo que desconozco, cuando dormía, soñaba con las películas que hacía el niñito. No lo había dicho, pero el niñito me lo imaginaba colgado del cuello, para no recaer en la estúpida tautología de decir: el niñito se había ahorcado porque tenía una soga en el cuello, amarrándose a un árbol. En mis sueños el niñito aún seguía vivo. La filmadora salía de su pecho. Este, "salía" quiere decir que tenía incrustada la cámara a su pecho. El dolor de encías persistía. Mi perra seguía ladrando y menos podía yo conciliar el sueño. Eso provocaba que mis labios se rajaran en dos, justo en el centro. ¿Tenía que ver el dolor de encías con las imágenes de mi cabeza? Nunca lo averigué bien. Después de escribir y de imaginar, soñé. A la mañana siguiente, decidí ponerme una filmadora en el pecho, sujeta con papel adhesivo, para a continuación ahorcarme en el árbol. No saben lo fabulosa que es la vista desde aquí.

8 de junio de 2010

Putero, indómito, loco, sádico, homosexual, pedante, hermético, borracho, profeta, lunático....

http://www.novelachobart.blogspot.com/

3 de mayo de 2010

Apuntes sobre una historia robada


Hubo una época, ya olvidada por la mayoría, en que apareció una extraña secta que comenzó a acaparar a muchos fieles. Utilizando las ceremonias y las doctrinas de los derviches, combinaban esta estética con la antigua religión que reinó en el Ganges. Se denominaban La Serpiente. Se especuló que se trataba de un grupo económico que buscaba -como todo grupúsculo megalómano- instalarse en las cúpulas del poder, y desde ahí imponer su nuevo régimen. En los enormes y gastados muros de la hemeroteca pública, se podían consignar cientos de revistas y boletines pseudocientíficos que estaban catalogados bajo la pretenciosa y algo humorística etiqueta de “Conspiraciones”. El periodismo de ese entonces nutría sus páginas con estas supuestas conspiraciones secretas que surgían en todas partes del mundo, señalando que algunas eran tan antiguas que se remontaban a la primera época cristiana. Vladimir Von Himelzark, teólogo, asustado ante la avalancha especulativa que generaba opiniones encontradas entre la gente, citó a un antiguo místico sufí, Ibn Arabí, el cual decía que el ser humano tenía que abrirse a todas las experiencias posibles, para poder ser hombre y no quedarse en el intento. Von Himelzark había sido invitado a un programa televisivo de baja sintonía, pero él sabía que aún así tendría a un público cautivo de sus palabras. Y lo que vendría a continuación, recorrería la vuelta al mundo.
De una bolsa de papel oscura, Vladimir sacó una cabeza humana. El entrevistador pegó un acrobático salto hacia atrás, un salto poco televisivo, pero que ante la descabellada situación se justificaba. El teólogo se levantó de su asiento, y dijo: “acá cómo ven, una persona que quiso abrir su cabeza a todas las posibilidades que nos entrega el mundo, pero un rayo cayó del cielo y lo fulminó en el instante. No crean nada de lo que les dicen, y jamás vayan a rezar por un Dios que cortó los cables a tierra hace muchos siglos. Estamos creados a imagen y semejanza de Satanás…” Pero antes de que terminara sus palabras la señal se cortó.

De lo que ocurrió detrás de las cámaras mucho se ha escrito y comentado. Algunos dicen que el teólogo escupió una sustancia morada y muy ácida de su boca que llegó corroer el piso. Otros, que se desvaneció bajo una cortina de humo. No falta quienes atestiguan haber estado ahí y desmienten estas versiones. Dicen que el teólogo se había parado en las manos y pronunció unas palabras ininteligibles. Luego sacó una rosa negra de su bolsillo, se la tragó, y se apagaron las luces del estudio. Lo único que cierto es que cabeza y teólogo desaparecieron de la faz de la tierra. La policía estuvo analizando fotograma por fotograma la grabación, rastreando de manera detallada con un poderoso zoom digital todo lo que se grabó antes del corte de transmisión. Se determinó que la cabeza era real en un 90% y el 10% de utilería. Pertenecía a un hombre de unos veinticinco años, pero sus rasgos faciales coincidieron con más de ochenta en la base de datos. Fueron ubicado setenta y ocho, todos vivos. Uno se había ido del país hace muchos años y ahora trabajaba en una empresa de lácteos alrededor del mundo. El otro había muerto hace más de cinco años. Se dictaminó exhumar su cadáver. Cuando abrieron el ataúd, se dieron cuenta que su cabeza había sido cercenada. El sepulturero que estaba junto a la diligencia, se persignó y rezó tres padres nuestros, para que el difunto obtuviera nuevamente la paz, argumentó. El joven había muerto por una sobredosis de aerosoles, y según el parte médico, tenía un tratamiento contra la adicción que venía desde sus trece años años, cuando aún estaba en la escuela y había abandonado hace poco la tierna infancia.

Cuando los niños se negaban a comer la comida, las madres lo asustaban con el teólogo de la televisión. Les decían que les cortaría la cabeza y se los llevaría al infierno. Una banda de heavy metal le dedicó un disco a su nombre, que se tituló Headbanger Addiction. En la portada aparecía un intrincado dibujo lleno de símbolos y alusiones diabólicas. En el centro, la imagen del teólogo junto a la cabeza. El disco no vendió muchas copias, pero varios de sus singles sonaron durante más de un año en las radios, y fueron ampliamente pirateados en la web.

Las palabras del teólogo, sin embargo, tuvieron su esperado eco en un montón de especialistas de todas las áreas. Entrevistaron a Ernesto Verdenegro, sociólogo de la Universidad del Estado, de bajo perfil hasta ese entonces, que trató de explicar el fenómeno bajo la lógica del delirio. Dijo que la cantidad de información y de imágenes que rondaba en torno a la desaparición del teólogo auguraba una nueva era, la era de la simulación y de la alucinación colectiva pero con todos los soportes técnicos a su disposición. Se explayó en su idea, indicando que antiguamente, en los inicios remotos del hombre, se había creado una casta sacerdotal arquetípica para ejercer un control mental sobre la tribu. Por medio de ungüentos, música hipnótica, pequeñas bombas de humo, y un largo instrumental más, generaban una realidad llena de efectos especiales, como diríamos actualmente. La casta desarrolló a su vez la medicina, para darle mayor espectacularidad a sus intervenciones, y justificarse ante la tribu y a los gobernantes. Se hablaba de fuerzas cósmicas que dominaban al mundo y que podían ser controladas mediante la oración, de seres de ultratumba que eran capaces de controlar las mentes de los más débiles y enfermos. En un momento del discurso, el sociólogo empezó a tiritar y a tartamudear. El tono de la voz le cambió por uno más profundo. Le salió espuma por la boca. Luego se desmayó y cayó suelo. Un equipo de paramédicos lo atendieron en el acto. El sociólogo trataba de incorporarse pero unos fuertes sacudones lo lanzaban con violencia hacia atrás. Empezó a patalear y a agitar los brazos. Su cabeza rebotó tres veces contra el piso flotante del estudio, pero por suerte le pusieron un cojín en la base de la nuca y lo amordazaron fuertemente de la mandíbula, para que no se mordiera. Todo eso pasó en la tanda de comerciales. Pasados sus dos minutos, el sociólogo se quedó inmóvil y luego se levantó, ordenándose la ropa y peinándose los cabellos. Dijo que no era un vulgar ataque de epilepsia lo ocurrido, si no algo más complejo de describir. Bebió un vaso de agua que le ofreció el productor y se retiró pensativo del estudio televisivo. Al día siguiente apareció en las portadas de los diarios más sensacionalistas.

Otro relato, que no tuvo ninguna repercusión mediática, pero que sí coincide mucho con éste, comenzó a desarrollarse en las fauces de una novela aún no escrita, ni siquiera pensada.