Dentro del ambiente no era muy respetado. O mejor dicho, sí, había un respeto, pues el escritor tenía un halo frío, un aura polar que hacía congelar a quien se pusiera en su camino. No lo querían, pero le tenían una especie de temor reverencial. No tenía amigos, pues su trabajo era el peor al que puede aspirar un escritor. Se deduce bien; por su trabajo, no tenía amigos. Su obra publicada contaba de dos novelas extrañas, Agujero, y Agonía, novelas gemelas como él las llamaba. La primera narraba la historia de un bombero que se perdía entre las llamas de un incendio, y extrañamente su cadáver no aparecía después del siniestro. Ni siquiera algún hueso carbonizado. Simplemente se había evaporado en el aire. Toda la novela trata sobre la persecución del bombero, una indagación a su memoria, a su vida, a su oscuro pasado. La segunda, Agonía, habla de un militar que se pierde en una poderosa ventisca de nieve, en la Antártica. Se nos sugiere que es el mismo bombero de la novela anterior, pero transfigurado, un otro en un mundo paralelo. Las novelas son más extrañas de lo que quiere explicar esta breve reseña, y tampoco es lo que nos preocupa de esta nota. El tema es otro. Es el temor, mezclado con asco, que provocaba el escritor. El escritor, no está de más decirlo, se llamaba Pablo Rumel Espinoza. No era detestable por su figura o por sus modales. Lo detestaban por lo que hacía. Aunque los que sabían cómo realmente se ganaba la vida, eran unos pocos, que lo descubrieron tendiéndole una trampa. Pusieron un aviso en el diario, y el tipo cayó como una mosca. No. No era un escritor fantasma, su profesión era la menos honrada de todas, la más detestable. Escribía notas de suicidios. Se ponía en contacto con un futuro suicida y le redactaba sus ideas de la forma más clara posible. No le importaba que fueran adolescentes anoréxicas, ancianos jubilados o escolares preadolescentes. Tan sólo les confería la calma necesaria, para que sus últimas palabras fuesen leídas y recordadas por todos, con orgullo, con alegría. Luego cobraba su dinero, y resonando tenuemente el percutor del arma, escuchaba a lo lejos el disparo que se pegaba un determinado desgraciado. Pero eso no es todo. Hay algo más que me gustaría referir.17 de octubre de 2009
El Escritor, I
Dentro del ambiente no era muy respetado. O mejor dicho, sí, había un respeto, pues el escritor tenía un halo frío, un aura polar que hacía congelar a quien se pusiera en su camino. No lo querían, pero le tenían una especie de temor reverencial. No tenía amigos, pues su trabajo era el peor al que puede aspirar un escritor. Se deduce bien; por su trabajo, no tenía amigos. Su obra publicada contaba de dos novelas extrañas, Agujero, y Agonía, novelas gemelas como él las llamaba. La primera narraba la historia de un bombero que se perdía entre las llamas de un incendio, y extrañamente su cadáver no aparecía después del siniestro. Ni siquiera algún hueso carbonizado. Simplemente se había evaporado en el aire. Toda la novela trata sobre la persecución del bombero, una indagación a su memoria, a su vida, a su oscuro pasado. La segunda, Agonía, habla de un militar que se pierde en una poderosa ventisca de nieve, en la Antártica. Se nos sugiere que es el mismo bombero de la novela anterior, pero transfigurado, un otro en un mundo paralelo. Las novelas son más extrañas de lo que quiere explicar esta breve reseña, y tampoco es lo que nos preocupa de esta nota. El tema es otro. Es el temor, mezclado con asco, que provocaba el escritor. El escritor, no está de más decirlo, se llamaba Pablo Rumel Espinoza. No era detestable por su figura o por sus modales. Lo detestaban por lo que hacía. Aunque los que sabían cómo realmente se ganaba la vida, eran unos pocos, que lo descubrieron tendiéndole una trampa. Pusieron un aviso en el diario, y el tipo cayó como una mosca. No. No era un escritor fantasma, su profesión era la menos honrada de todas, la más detestable. Escribía notas de suicidios. Se ponía en contacto con un futuro suicida y le redactaba sus ideas de la forma más clara posible. No le importaba que fueran adolescentes anoréxicas, ancianos jubilados o escolares preadolescentes. Tan sólo les confería la calma necesaria, para que sus últimas palabras fuesen leídas y recordadas por todos, con orgullo, con alegría. Luego cobraba su dinero, y resonando tenuemente el percutor del arma, escuchaba a lo lejos el disparo que se pegaba un determinado desgraciado. Pero eso no es todo. Hay algo más que me gustaría referir.15 de octubre de 2009
Tentativa de agotar la palabra escritor
Truhán, timador, chantajista, ladrón, carterista, explotador, defraudador, tramposo, actor, hipócrita, falso, inexacto, simulado, fingido, fraudulento, infiel, impostor, desleal, adulterado, traidor, mentiroso, embustero, incorrecto, ficticio, fariseo, copión, amañado, apócrifo, solemne, grandilocuente, ceremonioso, enmascarado, grave, proverbial, doctrinal, instructivo, enfático, bolero, trolero, engañoso, fantasioso, cuentista, mendaz, falaz, fulero, calumniador, astuto, farsante, plagiario, cínico, embaucador, artero, engañador, pillo, granuja, ventajista, sinvergüenza, bribón, de quita y pon, contrahecho, espurio, fatuo, presuntuoso, falsificado, francotirador, rebuscado, complicado, retorcido, adulterado, trucado, quimérico, apañado, químico, ilusorio, ficticio, disfrazado, artificioso, aparente, sintético, postizo, disimulado, asaltante, embozado, bandido, arcano, oculto, bandolero, salteador, cubierto, tapado , estudiado, fingido, hábil, ingenioso.13 de octubre de 2009
12 de octubre de 2009
Elegía a P.K.D
El registro de la locura, los mundos que se desincronizan de manera bestial, alargas tus manos y palpas de cerca la realidad, una bola fragmentada por anillos espectrales, la rosa multifacética multiplicándose en el laberinto. Al año de tu locura, enclaustrado largamente en esas soledades de humo, alcohol y veronal, tu mirada de niño se prende en llamas; vas pariendo mundos a una velocidad inusitada. Borracho, drogadicto, en los posos del café se lee el destino de los hombres, figuras retorcidas que cobran vida al interior de las explosiones cósmicas que registra incesantemente tu cerebro. Tu aliento, como un coro de ángeles terribles que viajan a la velocidad de la luz y se crispan hacia adentro, con todo la desmesura de la suplantación de identidades, tarjetas bancarias quemadas, planetas fantasmales habitados por monstruos, cosmonáufragos a la deriva galáctica, androides emulando humanos, ojos vibrando bajo la sombra, un aturdidor rayo láser atravesando cabezas, abriendo manantiales de fuego que recubren las epidérmicas capas de la realidad, un zigzag especulando con los vértices del número dorado. La realidad, la realidad, la entelequia Única e indivisible, labrada por las manos de un autómata perfecto, la alucinación de una mente psicótica, vibrando en las ondas celestiales y divinas, curvando el espacio en espirales radioactivos, para transfigurar en polvo un pedazo de nada, la ceniza que se hace olvido, bajo la memoria de los hombres.3 de octubre de 2009
Huellas
La ciudad y la superficie rugosa. Los títulos para novelas hipotéticas. No narradas. Los niños de Hamelín. La letanía del revólver. Cinco disparos antes de medianoche. El monólogo con beso. Juego de palabras. Asociasiones de palabras. Ojos quemados. La plaza de los poetas. El vagón del tren. La sincronía subterránea. La moneda del mendigo. El columpio más lento. Figura alzada. Religión falsa. Museo interactivo. Motel Monet. 30/Cigarrillos. Detrás de usted. La locura. Homofóbica ansiedad. Esperanza y espera. Perro golpeado. Palomas muertas. 17 páginas. Los números imaginarios. Palíndromo. La enfermera asesina. La quinta anormal. Karaoke estéril. El beso negro. Bang! Bang!. Manos húmedas. El conejo del sombrero. La risa solapada. El anciano y la niña. Habitación estrecha. Mandala. Azogue negro. Caras difuminadas. Bukakke mental. Las marionetas de Bunraku. La herida en el pecho. Rojo terciopelo.
26 de septiembre de 2009
Anotaciones: 26/26
"Yo fui doncella, yo fui una rama, yo fui un ciervo y fui un mudo pez que surge del mar." Empédocles de Agrigento.
Como dijo Ibn Arabí, todo hombre debe abrirse a todas las experiencias, para llegar a ser. La vida como trampolín suicida, para tratar de alcanzar esas falsas nubes de algodón que pululan en el cielo, o quitarle la gorra a un capitán distraído. Buscar un agujero por el cual salir de esta vida, y recomenzar una nueva, al otro lado del mar, buscando las últimas ruinas de Lemuria, sumergida y sepultada hace eones en un punto incierto de la realidad. La conversación con los fantasmas, las almas errabundas que tratan desesperadamente por hacerse reales, por palpitar como fuegos fatuos en los pantanos cenagosos de la memoria. Y sí, señores y señoras, aunque no le encontremos una lógica a esas películas que pasan en cines subterráneos, buscarles entonces nosotros mismos el sentido, aún en las quemaduras de cigarro que se forman en el celuloide, esos pequeños destellos fugaces que se pasean a lo largo de las dos horas promedio que dura una proyección. El año del despegue o del colapso total. La última jugada en el tablero, el castillo de naipes que se desarma con el viento abrasador.
(Antes de los 30, tener 10 novelas escritas. Antes de los 40, haber filmado una película sobre la muerte y el tiempo. Antes de los 50, haber saltado en un paracaídas agujereado. Antes de los 60, haber fabricado un invento para fragmentar la realidad, antes de los 70, haber actuado en una película gore de bajo presupuesto, antes de los 80 haber fundado un pueblo de artistas deformes, antes de los 90, haber boxeado sobre un cuadrilátero en llamas, ante de los 100, haber conducido un automóvil sobre un lago congelado, antes de los 110, haber naufragado hasta una isla perdida de seres antopomórfos, antes de los...)
¿Qué lees Pablo?: Anotaciones, anotaciones, anotaciones.
24 de septiembre de 2009
Después del Terremoto
Después de la curadera bestial, atravesé el puente de la memoria, caminando hacia atrás, con un libro en las manos. El libro en el que llevaba mi nariz metida, se titulaba El día de la mandrágora. Su autor, Nilo Porvenir. Fuera de consignar esos datos, iba leyendo de atrás para adelante, para atraer como un imán los pedazos de múltiples mundos que rugían por existir. Adentro de sus páginas brotaban flores, valles, lagunas, crepúsculos, relojes, sombreros de copa, fantasmas, arrayanes, revólveres, clubes de fútbol, mujeres que de sus agujeros brotaba un vino milenario. Ahí adentro, los personajes se alborotaban para beber desesperadamente de estas hendiduras, que las mujeres exponían libres de todo pudor.El libro llegó a mis manos gracias a Pablo León, que me confesó ser el transcriptor, el albacea literario de Nilo Porvenir. Con la urgencia de quienes precisan calmar la sed con un jarrón de cerveza, nos dirigimos a un pequeño tugurio, ubicado en un rincón de la Plaza de Armas. Cuando uno bebe y fuma, las ideas salen entrecortadas, o medio disparadas, abiertas y cerradas bajo el influjo de una digresión que se tropieza en cada jugada. No fue esta vez la excepción. Pero debíamos seguir bebiendo y conversando, variando la escenografía del acto, cambiar de espectadores, transfigurar al dramaturgo. Salimos del restorán. Un mendigo nos requisó el Zippo. Llegamos al pub Monja en llamas. De fondo tocaba Cazuela de Cóndor. Pablo me comentó que llevaba más de tres años habitando un mundo paralelo, del cual extraía la materia gris para sus relatos. ¿No se te hace confuso pasar entre varias realidades?, le pregunté. Me explicó que siempre había un pequeño desfase temporal cuando salía de Umbral (así se llamaba su mundo) y entraba al mundo en que cohabitamos todos, las almas que titilábamos con gestos y voces de ultratumba. Pero esos desfases se corregían con la voluntad de perseguir la sombra de los árboles, que eran los verdaderos señeros de esta vida, terminó Pablo, con su elegante explicación.
La tarde recién empezaba. Antes de abandonar el pub, escuché que Cazuela de Cóndor cantaba algo sobre un ataúd donde habitaba un monstruo, y advertía que no se debía abrir bajo ningún motivo. Horas más tarde, antes de la borrachera bestial y definitiva, llegamos al restorán céntrico La Pupila Dormida. Del encuentro tomé notas (incluso hice algunos dibujos), que más tarde transcribiré.
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