3 de septiembre de 2009

Retirada del poema androide

Ya viviendo, allá en la lejanía más tuerta y sucumbida, la cara se me retorció con una estampida -hidráulica- a vapor, veo un chorro lanzado desde la oscuridad por manos mecánicas, dirigidas desde una palanca de hierro, portones grises, callejones hediendo a meados -el escenario perfecto para una kriminalroman- , a la cuarta noche se me destrozó el cielo cayendo sobre mí sus pedazos de cuarzo, pude ver colgando cuerpos ZANJADOS por cicatrices y llamas, hediendo a pus, las flores cruzando de manera oblicua el espacio horizontal, flores con pétalos flamígeros y rayos X danzando en la terrible noche digital, vi bajando mis puños de golpe hacia la tierra, a las zarzas enredándose en las manos de un monarca ciego, que iba clavando sus estacas en forma de cruces generando el patíbulo de alucinaciones con forma de ánimas, númenes, perros con el hocico desencajado y aullando desesperadamente.

Monedas de cambio; la transfiguración del poeta Androide en un mutante castrado, la obliteración de la mugre bajo los párpados del alienígena a semejanza de una implosión originada por un dispositivo ubicado bajo los pliegues de la cavernosa y epidérmica Realidad.


Las funciones de la Realidad, esa rueda dentada y amarilla ensangrentada por vapor y aceite: un blanco invisible que se diluye en las paredes ahuecadas de la mente; un puñado de sangre salpicando una solución ácida expulsada de la boca, un montón de grasa derritiéndose en un horno crematorio, una garra metálica y violeta atravesando como una hoja espasmódica la cara, las sensaciones de un exoesqueleto inservible abandonado en una nave interestelar a la deriva.
No me dirán, ni siquiera bajo los aleros toscos del murmullo, que nadie le disparó al poeta Androide. Nada ni nadie, ni siquiera la galaxia creada bajo las múltiples explosiones en los múltiples mundos paralelos, vamos todos bajo la gran máquina operacional, observando cómo nuestras tuercas crecen como plantas sobre nuestros brazos.

Anoche vi mi porvenir en las estrellas holográficas, pero una vez más aparecieron los guanteletes de hierro fracturándome la quijada y dos vértebras cervicales. Sólo alcancé a leer que una mano me destrozaría parte del cuello y de la cara, y la otra, la que escribe, hundiría su dedos entremedio de la materia poética, ese flácido estómago, del poeta Androide.

13 de agosto de 2009

I Wanna Change - The Street Beats



Wairudosaido no tomodachi ni
Tsutaete okitai koto ga aru
Ima wa tooku tooku mieru akari demo

Shinjite mirudakeno kachi ga aru

Oiboreta mahiru no kousaten ni
Hane wo nakushita tori tachi no mure wo miru
Jibun rashiku ikiyou to agaitemiruga
Jibun no shyoutai ga imadani wakaranai

Hane wa taiyou ni yakare tobu koto mo dekinaika
Ore wa tobitai tobi tsuzuketai
Ore wa tobitai tobi tsuzuketai

Tsumibito ga sousuru youni
Hitoriyogari de kodoku na sekai wo mamoru
Nakusu no wo osoreru bakaride kawarezuni
Mamoru furi shitewa iiwake wo kurikaesu

Hara no soko kara waraenai jidai no sei ni shitakunai
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai

I wanna change, I wanna change
(I wanna change)

Ohoho...

Wairudosaido no tomodachi ni
Tsutaete okitai koto ga aru
Jibun rashiku ikirutte douiu koto da
Jibun no kara wo kowashi tsuzukeru koto da

Utsuriyuku toki no naka de daremoga jibun wo sagasu
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
Ore wa kawaritai kawari tsuzuketai
I wanna change, I wanna change

9 de agosto de 2009

Algunas notas en torno a Herzog

La fijación absoluta por la locura. O mejor dicho, por ese gesto de desesperación y dignidad que conlleva la locura. Werner Herzog, registrando incesantemente con su cámara los excesos de la alucinación. Personajes delirantes que podrían llamarse Beethoveen, Van Gogh, Musil o Proust. Cuando la locura, la psicosis, la manía, no son un afán de destrucción o de asesinato. Más bien de autodestrucción con fines exacerbados. Místicos, o casi.

Lo que en su cine fija Herzog a lo largo de casi toda su carrera, tiene que ver con grandes proyectos que salvarán a la humanidad o a un grupo selecto de ella. Sus películas están plagadas de seres mesiánicos con ideas fabulosas, de hombres que jamás podrán ser juzgados bajo términos humanos. O mejor dicho, escrutados bajo los prismas sociales y sus condicionantes que actúan como norma implacable, a la hora de configurar la vida de un sujeto. La ecuación, sociedad+circunstancias=persona, no le interesa a Herzog. Hablamos de gente que en algún momento vislumbraron una realidad oculta, y le rompieron la nuca al destino. Gente que por un azar inexorable, o por una causalidad trágica, llegaron a rumbos insospechados, a lugares a los cuales jamás se pensó que llegarían.

Recortes, o sinopsis híper-resumidas de su cine: Fitzcarraldo, un empresario que trabaja con hielo, pero que su pasión incontenible es la ópera. Su meta, desde el Perú trasladar una ópera hasta las Amazonas. Aguirre, la ira de Dios, se conecta directamente con la película anterior, y tiene como telón de fondo el proceso de Conquista Española en América. El plan de Aguirre es encontrar El Dorado a toda costa, atravesando las zonas más peligrosas del río Amazonas, aún cuando ello le cueste su vida, y la de sus hombres. Nota no menor: Klaus Kinski actúo en ambas películas. Y Kinski tenías serias perturbaciones mentales. Cuentan que era tan sucio y grotesco como los personajes que interpretaba. Era básicamente un sociópata. Desaliñado, comiendo como animal en la mesa, adicto al sexo y a las relaciones esporádicas, eran los rasgos manifiestos de su personalidad. Cuentan que una vez Kinski intentó asesinar a Herzog en el plató, tras tener una acalorada discusión durante el rodaje de Cobra Verde, otra película que aborda el delirio de un portugués venido a menos, pero que gracias a ciertas influencias sociales logra partir al África para traficar con esclavos y formar su propio imperio (una película que guarda parentescos con Apocalypsis now, que perfectamente pudo haber filmado Herzog).

El asunto es que Kinski abandonó a medio terminar la película y la dupla dorada que había catapultados a ambos al centro del castillo fortificado, terminó por despedazarlos y marcar el inicio del declive. Luego de eso, Herzog ejecutaría una infumable película, sin Kinski, titulada Grito de Piedra, en 1991. Y pasaron diez años, hasta que retomó nuevamente el largometraje (por aquella época filmó trabajos y documentales para la televisión) para llegar con el Invencible, y tratar nuevamente el tema del delirio: un polaco judío emigra desde el campo a la ciudad luego de ser contratado por un agente circense, al ver una demostración pública de su descomunal fuerza. Es así que llega a un cabaret berlinés, donde disfrazado de Sigfrido, levanta pesos enormes ante la mirada atónita de los espectadores. El problema es que los altos jerarcas nazis solían acudir a estos espectáculos, y pensaban que su Sigfrido era alemán y no judío. Ambientada en una época enrarecida, poco antes de la ascensión de Hitler al poder, esta película marcaría una nueva era de Herzog, que a pesar de que se le murió su actor fetiche (o mejor dicho, icónico), sigue vigente y con la mente fresca, para nuevos proyectos.

5 de agosto de 2009

Frac/tura

Mi misión era salvar a la literatura chilena. Tenía la frente llena de sudor. Cuesta llevar un mecanismo tan complejo encajado en la frente, y disimularlo, para que la gente que está a tu alrededor no lo note. Me puse unos pliegues de látex firmemente adosados en el rostro. Para completar el secreto de mi cara, me puse una profusa peluca con chasquilla y pelo cano, conjunto que terminaba de salvaguardarme y completaba a la perfección mi disfraz. Del vestuario no hubo problemas: revisé un par de revistas digitalizadas de aquella época; unos pantalones de tela, una chaqueta, una camisa blanca y unos zapatos de cuero sintético bastaban. Me puse un dispositivo en mi cabeza, un pequeño chip que me permitía pronunciar correctamente el idioma chileno de esos años. Mi gerente financiaba, y pagaba bien. Luego las luces revoloteando encima de mi cara, los mareos, las ganas de vomitar, el desvanecimiento de la sala de control; mi piel, los órganos, los huesos expuestos. No sé cuántos segundos transcurrieron, pero de pronto me vi a mí mismo sentado con un maletín en un desgajado y sucio banco. Saqué mi pequeña plaqueta conectada a mi antebrazo derecho, y disimuladamente, apreté la secuencia. Un plano virtual de Santiago me sirvió para llegar hasta la Plaza Mulato Gil de Castro. Era obvio que tenía que caminar como un ciudadano más, no llamar la atención bajo ningún motivo. Si un policía me agarraba tendría que abortar de inmediato el plan y todo se habría ido al carajo. No mirar mucho a la gente, ni a los grandes autos amarillos repletos de cabezas asfixiadas y sudorosas. No podía intervenir ni un milímetro con mi presencia; sólo recorrer correctamente el perímetro señalado en mi plano virtual y seguir las indicaciones al pie de la letra.

No abundaré en detalles pintorescos. No habrá acá descripciones del ambiente más o menos histérico de la fecha señalada. Ese no es el fin de este informe. Me limité a ingresar a un bar (el cual olvidé anotar su nombre por un torpe descuido) y a sentarme al lado de una animada mesa, donde un grupo de personas debatían, reían y brindaban. Disimuladamente observé sus rostros, y pude comprobar la identidad de cada uno; de dos en realidad, los que importaban para esta crónica: Los señores L y B. El primero iba con un paño blanco sujeto a la cabeza, vestido de luto completo. B iba más o menos vestido como yo. Una coincidencia nada más. Ajusté el receptor detrás de mi oreja y sintonicé la percepción auditiva para poder escuchar mejor la conversación. La música y las risas dificultaban las cosas. Escuché que L hablaba sobre los piratería, sobre los pequeños pueblos que traficaban libros y que gracias a esto podían llegar al “pobre cabro patipelao” (transcribo lo más fiel posible) que apenas “tenía pa zapatos”, pero al menos podía escapar de la caja maldita de la televisión y leer un buen libro. Y resulta que de esos libros, una gran parte son los tuyos, replicó B. L estalló en carcajadas y luego rompió a cantar, un bolero que hablaba de un marinero que desafiaba a duelo a un pirata por un jovencito que trabajaba en una humilde pescadería. Los dos morían, con sendas estacadas en el corazón. Una de las comensales lo siguió en la canción. B, medio desconcertado, sonreía con una mueca torcida, y luego aspirando una larga bocanada de su cigarrillo, se puso a aplaudir.

L y B hablaron de algunos autores, de ciertas novelas que habían causado pésima o buenísima impresión en la crítica. De escritores que ya no figuran en el Registro Oficial de mi época, por lo cual da lo mismo anotar o no sus nombres. B se fue en una digresión interminable, sorbiendo un líquido que al parecer era agua con gas. En un momento me dio la impresión de que L tenía las ganas de acariciar el pelo de B, de tomarlo por la solapa de su chaqueta y besarlo apasionadamente. Pero no, sólo pequeños gestos entreveían esto que yo alucinaba. Las nervudas manos de L se movían nerviosas; tamborileaba con los dedos la melodía que inundaba el bar. Muchos pasaban cerca de la mesa, pero no atinaban a reconocerlos, excepto una muchachita de unos veinte años que se detuvo unos segundos, mirando fijamente a L, pero que una vez éste le devolvió la mirada, ella volteó rápidamente su cabeza y salió caminando rápidamente del local.

Todo esto lo registraba de memoria, simulando que esperaba a alguien, al lado de un vaso de vodka, mirando un reloj imaginario en mi muñeca izquierda, contabilizando los minutos y los segundos, pues cada vez me quedaba menos tiempo. De pronto vi un haz de luz recorriendo el local; un punto rojo casi imperceptible que se movía de derecha a izquierda y de arriba hacia abajo, buscando algo, un objetivo. Era el dispositivo infrarrojo de un arma, no lo dudé ni un minuto. No pasaron más que segundos cuando vislumbré la pronta desgracia: ese punto iluminaba la frente de B, el cual se veía muy serio hablando con L, contándole quizás qué confidencia.

No lo dudé, estiré un billete de diez mil pesos en la mesa y salí raudo del local. El haz de luz venía desde una ventana. Ahí pude ver a un hombre apostado con un rifle láser. Si no actuaba todo acabaría en desgracia. Miré al suelo y tomé la primera piedra que encontré: con fuerzas la arrojé al lado de la ventana donde se encontraban L y B. Los vidrios se trizaron. A continuación todo se acelera, pero en fracciones de segundo.

L se levanta de la mesa y me mira con odio, apunta con su mano y todo el grupo se pone en alerta. Me van a triturar si no arranco, pienso. Miro en dirección a la ventana y veo que el francotirador ha desaparecido, ni un rastro ha quedado de él. Por lo menos he evitado la desgraciada, pero no dejó de cuestionarme quién pudo haber sido el artífice del frustrado atentado. Debe haber una equivocación. Debieron haberme mandado a uno de los tantos pasados posibles que nunca existieron. Esos que están ahí sentados no son los verdaderos L y B que la historia ha registrado en sus libros.

Pero ahí están, frente a mí, el grupo, los garzones, los guardias, insultándome, todos apilados en la puerta de entrada. En la calle algunos peatones se detienen para contemplar el escándalo. Una mujer toma un celular y hace una llamada. Un hombre calvo y enorme se me acerca y no con buenas intenciones. Me toma de la chaqueta, y yo al retroceder hacia atrás caigo. Caímos juntos, rodando en el piso. Le pego un codazo en el estómago y aprovecho de correr. Escucho tras de mí gritos e imprecaciones. Corro. No sé hacia dónde. No hay tiempo para mirar mi mapa virtual. No hay espacio suficiente como para terminar de redactar esta crónica. Habrá que dejarla en bruto. Me meto en el borde lateral de un pabellón abandonado y comienzo a relatar rápidamente todo esto a una grabadora portátil que llevo en caso de emergencia. No debo dejar ningún rastro de mi presencia. Retiro de mi suela el aparato teletrasportador. En unos segundos me habré desvanecido en el aire y todo habrá terminado.
(fragmento de escrito que aspira a convertirse en novela)

19 de julio de 2009

Timothy Treadwell (1953-2003)

As a cowboy i knew in south texas
his face was burnt deep by the sun
part history, part sage, part mexican
he was there poncho villa was young
and he'd tell you a tale of the old days
when the country was wild all around
sit out under the stars of the milky way
and listen while the coyotes howl

they go: woo yip whoo yip woo

now the longhorns are gone
and the drovers are gone
the commanchees are gone
and the outlaws are gone
gernomino's gone
and sandbass is gone
and the lion is gone
and the redwolf is gone

well he cursed all the roads in the old land
and he cursed the automobiles
said this is no place for an hombre like i am
in this new world of asphalt and steel
then he'd look off someplace in the distance
at something only he could see
he'd say all thats left now is the old days
damned old coyotes and me

they'd go:woo yip whoo yip woo

now the longhorns are gone
and the drovers are gone
the commanchees are gone
and the outlaws are gone
now quantro's gone
san wantee is gone
and the lion is gone
and the redwolf is gone

one morning they searched his adobe
he dissapeared without even word
but that night as the moon crossed the mountain
one more coyote was heard

and he'd go:woo yip whoo yip woo

6 de julio de 2009

Su prominente vida se fue a la mierda

Al prosista lo conocí cuando tenía 17 años. Ambos teníamos nuestras esperanzas cifradas en la literatura, y esperábamos algún día vivir a tiempo completo de ella. Él era unos años más viejo, quizás tendría unos 25. Pasó el tiempo y la historia del prosista parece diseminarse y fracturarse en historias mínimas e infames. Historias tan burdas y groseras que no suscitarían ni el más mínimo interés por parte del lector. Conseguiría fatigarlo con detalles tan poco decorosos, como que le gustaba masturbarse mirando pornografía, pero sólo rusa, pues era la única que lo excitaba. O por ejemplo que utilizó durante un tiempo fármacos para disminuir la seca y repugnante acné que le devoraba el rostro, y no teniendo resultados lo intentó con palta, miel, vapor de la tetera, inclusive dejó de ver pornografía rusa y de masturbarse a diario, y como no le dio resultado, volvió a su ardiente Rusia, está vez encalleciéndose con dureza la palma de su mano derecha, pues llegó a cinco pajas diarias y al hilo. Los consejos iban y venían, pero su cara continuaba con un aspecto lamentable. Pese a su fealdad, nunca tuvo mayores problemas para conseguir mujeres, ya que siempre aparecía alguna, dispuesta a caer rendida en el antiguo juego de las sábanas.

El primer cuento que me mostró se llamaba enigmáticamente el 9 y el 8, una historia que aparentaba el juego de billar entre dos contrincantes malolientes y drogadictos, pero que en un momento pasaban a ser las bolas de la mesa, y terminaban todas las bolas echadas, menos la número 9 y la 8. Qué cuento más raro le dije, mientras sostenía el enclenque y mugriento libro antológico que contenía su relato. Explícamelo. Cuando se lo dije me respondió con violencia, los cuentos no se explican, tienes que descubrirlo tú mismo, piensa, piensa un poco carajo. Me di por vencido. Cuando íbamos saliendo del campus de la universidad, me dijo que los números correspondían a una fecha, 9 al mes de septiembre y 8 al día 8. ¿No estaba más claro? No, le dije, porque no sé a qué mierda alude esa fecha.

No nos hablamos por un par de años. Más tarde el prosista se fue de la universidad, de la carrera de periodismo donde éramos compañeros, y apareció un día publicado por la micro-editorial independiente La Caravana, con un libro de cuentos titulado Llagas, su primera publicación seria. Yo por ese tiempo trabajaba en una empresa de celulares donde mi rol era el de relacionador público. Tenía que ir a dar charlas a distintas empresas y hablar mil y una maravillas de los productos, tenía que redactar boletines informativos internos, organizar y dar las directrices al departamento de atención al cliente, coordinar el departamento de publicidad con el departamento de ventas, recortar prensa, analizar la competencia, dar cuenta mensualmente a los gerentes de los avances, y en resumidas cuentas, otro cúmulo de mínimas tareas devastadoras que de seguir enumerándolas terminarían agotando la paciencia del lector.
Recuerdo que llamé varias veces desde la compañía, pero no lo pude ubicar por meses. En ese tiempo había leído en la prensa un par de reseñas más de su libro, y por una que me entusiasmó mucho, me decidí finalmente a comprarlo. Cuando viese al prosista, tendría la posibilidad de destrozarlo o felicitarlo por su trabajo, dependiendo claro está, de si su libro me provocaba algo. Pues bueno, cuando lo leí quedé sorprendido gratamente, especialmente por tres cuentos. El primero se trataba de dos hombres que recorrían las calles desiertas y ruinosas de una ciudad incierta en busca de un antiguo bar. Al final debían arrancar porque aparecía la policía disparando contra todo lo que se moviera. El cuento finalizaba en un río insalubre, donde los hombres nadaban para salvarse y trataban de no ser descubiertos por los perros guardianes. El segundo cuento me llegó mucho, parecía que estaba escrito para mí: un hombre desesperado ante la rutina y el encierro decide saltar al vacío desde un rascacielos, desde una altura infinita que no le permite divisar las calles de la ciudad, hasta el momento final de su estrepitosa caída. El tercer cuento es la historia de un hombre enamorado de un fantasma, una alegoría, al menos así lo entendí yo, a la esperanza que tenemos por un paraíso remoto, por la búsqueda de contraer nupcias con una pareja, por volver al vientre materno, en otras palabras, por tratar de recuperar lo irrecuperable.
Al prosista no lo vería en mucho tiempo más. Cada vez que concertábamos un encuentro, la compañía decidía trasladarme a alguna oficina lejos de la capital. De todas formas, mientras me esforzaba día a día en ganarme mis pesos, las noticias del prosista seguían en aumento: ganó el premio de la universidad para ex-alumnos, luego el premio municipal, luego un certamen internacional para autores jóvenes. Cuando lo llamé para felicitarlo por otro galardón suyo -no recuerdo cuál fue específicamente- me dijo, ¿sabes cuál es el truco? Participar a concursos de provincia, y lo que es mejor, presentarte como escritor de provincia. En provincias no hay escritores de verdad, no hay una apuesta narrativa, sólo poetisos vanidosos y mediocres. Le respondí en tono de sorna: ¿Así que quieres ser un escritor provinciano?, no, se apuró a contestarme, yo quiero ser un escritor aparentemente de provincia, pero en el fondo aspiro a ser universal, no te hablo de fama ni de dinero, te hablo de ambición, de escribir algo bueno, de trazar un proyecto a través de la literatura, y no dedicarme a escribir novelitas provincianas.
Pasaron días, meses, años, siglos. Yo seguía varado en la empresa, y había conseguido publicar un pequeño librito de poemas, el cual en realidad era más un regalo para los amigos que el intento de hacer una carrera literaria. Supe por un amigo del puerto que el prosista vivía con una estudiante de filosofía, que tenían una hija, y que ahora se había vuelto todo un cabrón, en el buen sentido de la palabra, claro. Había dejado su afición al alcohol y escribía y leía como un poseso. En ese año publicó su segundo libro, en realidad un libro-objeto, Imágenes ancladas en la arena, el cual consistía en una cajita de madera color azul que en su interior contenía distintas postales, todas con imágenes de su ciudad pero acompañadas de textos a medio camino entre la narrativa y la prosa poética.
No estaba mal, el prosista había dejado su camino intempestivo de literatura visceral y ahora se había convertido en una especie de Cortázar provinciano, de un pacifista o de un naturalista que se había convertido al vegetarianismo. Buenos textos, pero desabridos, como naturalezas muertas de mal gusto, como de esas que haces cuando te las obligan a pintar en la escuela.
¡Rotundo error el mío que me haría tragarme mis palabras! Tiempo después apareció su tercer trabajo; Mansión deshecha, una novelaza que ganó varios certámenes y varios críticos del país la señalaron como la mejor del año. Esta vez no me molesté ni en llamarlo, en cambio corrí rápidamente a la librería y la compré. Ni siquiera pedí que me la envolvieran con el fino celofán del local, pues apenas salí de lugar, ya llevaba la novela ante mi nariz y no paraba de leerla. Lo primero que me llamó la atención, fue que por primera vez el frío y calculador amigo le dedicaba algo a una mujer que no fuera su madre, a mi mujer y mi hija, rezaba al abrir la novela. Pues bien, como iba diciendo, ese día tomé la novela y me metí en un café, pedí unas tostadas, un té, y acto seguido me devoré con mucha sorpresa y fascinación la novela. Era de noche cuando abandoné el lugar y ya había avanzado más de la mitad en el libro. Recuerdo que sentí una sensación de aturdimiento, como que el prosista había pegado un salto tremendo y casi definitivo en el oficio de la escritura. Ahora sus temas maduraban, su prosa era más límpida, y parecía que cada línea era una imagen poética confusa, repleta de sonidos y olores, porque eso era lo que quizás pretendía; fotografiar y retratar el puerto de su provincia, encerrar en un texto los nombres de sus calles, los miserables héroes locales, sus olores a frituras y a prostitución, sus imágenes de perros vagos cagando en la calle, los grupos de travestis atravesando el estero y sumergiéndose con sus amantes en el mar o enterrándose en la arena con sus penes flácidos y sus anos dilatados. Mansión deshecha era el testimonio vivo de un alma paseante –nunca sabemos quién es el narrador- a través de un puerto de provincia con su antiguo esplendor ahora añejo, con sus colonias extranjeras y pujantes de antaño convertidas ahora en desastres, con sus monumentos a los héroes americanos ahora abandonados en una plaza solitaria. Una ciudad con doscientos años de historia, y que ahora comenzaba a descascararse con la triste oleada del tiempo.
No sé en qué momento la prominente vida del prosista se fue a la mierda. Me contaron que lo vieron borracho en una cantina, solo, apoyado contra la barra, blasfemando en contra de los comunistas y los militares. Otros, no sé si más fantasiosos o realistas, me dijeron que estaba así tan mal porque llevaba mala junta, que unos fantoches y facinerosos vestidos elegantemente le pagaban sus borracheras, que no bastando con cancelarle sus deudas en todos los bares, lo atosigaban de tanta bebida. Que en una ocasión los vieron llegar de noche en un automóvil a su departamento, con un contundente cargamento de alcohol, y que todas las semanas aparecían sagradamente con el licor, para que el prosista se emborrachara y luego dejara de golpe el alcohol y cayera en un lamentable delirium tremens, un detonante de locura que terminaría con su existencia. Como había pasado mucho tiempo sin hablarnos, decidí establecer contacto a través de correspondencia. Los primeros correos no me los contestó, pero el día que menos pensaba me llegó su respuesta, y decía en pocas líneas que estaba con el agua hasta el cogote, que su mujer y su hija lo habían abandonado, que «unos tipos» querían matarlo a base de su vicio, que hace meses que no leía ni escribía nada. Que iban a desaparecer muchos, incluido tú, me respondió. Al final pedía que nos juntásemos, pero yo no podía, que los viajes, que las comisiones, que mi nueva familia, que no había tiempo. Aunque a lo mejor yo nunca lo quise ver, y para engañarlo a él y a mí mismo, utilicé como subterfugio cualquier excusa.

Uno nunca sabe del todo lo que quiere. Leí a un psicoanalista belga el cual decía que nuestra mente elucubra y maquina ideas en dos planos; el primero es el que nunca nos contradice, y el segundo, que vendría a ser una zona sombreada y difuminada, posee una voluntad autónoma, una inteligencia oculta a nuestra conciencia, pero que sólo los hombres más espirituales y disciplinados logran desentrañar y dominar. Puedo abominar de la pedofilia, pero secretamente estaré deseando poderosamente a un niño. Aún así, dentro de esa voluntad se encuentran otros dos planos, y así puede seguir la grieta mental hasta niveles insospechados, como si fueran las plúmbeas capas de una cebolla infinita.

Esta historia ramificada termina convergiendo en un solo punto, en un punto detestable y miserable. Pasó mucho tiempo sin que supiera nada del prosista, dejó de contestar los correos, nunca más lo pude ubicar a su celular, y cierto día que pude entablar contacto telefónico con su ex-mujer, me comentó escuetamente que ahora velaba por el futuro de su niña, que el prosista no tenía vueltas, y que si yo era tan amigo de él porque no me preocupaba más y lo sacaba del pozo en que se encontraba. Luego me cortó de golpe.

Estaba paranoico, de eso no tenía ninguna duda. Me persiguen, a ti también te perseguirán. ¿Qué hacía que creyera en esos delirios? ¿Cuáles eran sus falsas premisas en las que se movía?
Un día, mientras salía de la ducha y mi esposa me servía el desayuno y me tendía el periódico en la mesa, leí con estupefacción la triste noticia. Derramé el poco café que me quedaba, dejé las tostadas a medio comer y me levanté en silencio de la mesa, me dirigí a mi cuarto, y me recosté en la cama. Sentí un poco de escalofríos. Náuseas mejor dicho, algo que me recorría el estómago. En un momento pensé que iba a vomitar. Mi esposa apareció por el marco de la puerta y me preguntó si es que estaba bien. Le dije: “me resfrié. ¿Podrías avisar al trabajo que me ausentaré?” No me dijo nada. Cerró lentamente la puerta y apagó las luces del pasillo. Ese día comencé a escribir mi obra y mandé todo lo demás a la mierda.
(fragmento, de mi novela inédita El síndrome de Gernsback)