30 de marzo de 2009

He vuelto a mi viejo Hangar



He repasado mis cintas de recuerdos
cuando volabas conmigo
erguidos en la cima del mundo
desafiando su sonido
ahora tu cuerpo yace hibernado
en una capsúla especial
y sólo puedo estrechar el vacío
y sólo puedo esperar.

Casi no hay luna esta noche
tengo parado el reloj
camino por el aeropuerto
buscando tu constelación
he vuelto a mi viejo hangar
donde aprendí a pilotar
he puesto a punto mi biplano
mientras comienza un temporal.

Selector de frecuencias (bises)

Quizás hoy veas lo que yo no he visto
el aerodromo donde todo empezó
nuestro trabajo, nuestro amor
y el nuevo desarrollo de la industria.

He despegado con la lluvia
el viento azota mi rostro
quiero encontrarte en las estrellas
quiero verte brillar de cerca
los rayos cruzan a mi lado saludando al aeroplano
y yo me siento una vez más el triunfo de la creación.

Selector de frecuencias (bises)

Quizas hoy llegues donde yo no llegue
otros mundos otras estrellas
para empezar otra vez desde mucho más alto

26 de marzo de 2009

Estampa #1: Viejos en un bar


Todas las noches se reunían en el bar La Ese de Ene. Ocupaban siempre el sector de la esquina, bien alejados del baño, para tener una mejor “visual” de los ebrios que transitaban una y otra vez hacia la barra, arrastrando sus pesados pies como con grilletes, y que más tarde abandonaban a duras penas el local. Era una noche tan dispersa como el ininterrumpido flujo de conversaciones que tenían “los ambulantes”, mote que ellos mismos se habían puesto, y que sus orígenes se remontan a noches de juerga imposibles de consignar. Si algún parroquiano hubiese observado rápidamente al grupo, habría concluido que sólo se trataba de una pandilla de viejos desarrapados y ociosos que se dedicaban a matar el rato. En cierta forma, era así. Damiela, o Fabiola, o cómo diablos se haya llamado la camarera, advirtió que en el susodicho grupo había un aura extraña, algo raro que se materializaba en ciertos detalles físicos que no se advertían con una primera ojeada. Uno tenía una mano mecánica, enfundada en un brillante guante de cuero. Otro utilizaba una pierna ortopédica, bien disimulada en el pantalón y en el caminar. Otro, acaso el más viejo y retraído de todos, tenía un lustroso ojo de vidrio que parecía evocar a esas antiguas máscaras chinas de jade con brillantes incrustados. Cuando ya en el local se recogían los últimos botellines de cerveza, y las colillas de cigarro se amontonaban en los ceniceros esparcidos por las mesas, “los ambulantes” se levantaban en cámara lenta y poniéndose sus chaquetas con insignias patrióticas y militares, salían a caminar por las abandonadas y macilentas calles de la ciudad. Era común ver a esas horas a grupos de travestis deambulando en busca de algún potencial cliente, y a uno que otro borracho tirado en la cuneta. Para “los ambulantes”, con sus bates eléctricos en las manos, con toda la frialdad de la noche, la fiesta recién comenzaba.

11 de marzo de 2009

H.R.O


El Pálido me presentó a uno de sus amigos. Antes, me explicó que su amigo estaba preparando una historieta sobre un hombre enmascarado que trabajaba como sicario. Su nombre en clave era H.R.O. "ache ere ó". Quería desastibilizar un futuro dominado por neosacerdotes y tecnócratas amparados por potentes multinacionales. El anarquismo, me decía El Pálido, finalmente había sido llevado a cabo por las enormes empresas. Habían abolido definitivamente al Estado. Yo lo miré por un momento, algo expectante, y bebiendo de mi agua mineral, me preparé para encontrarme con el mentado dibujante. Salió a encontrarnos igual que la descripción que me hizo el Pálido de H.R.O, con máscara y manto incluído. Menos mal que no se veía a simple viste su afilado y retorcido cuchillo.
(Fragmento de El Diario-Objeto de un joven tullido. En preparación)